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Mie14042021

Última actualización09:36:03 AM GMT


Las drogas blandas no son una alternativa

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Recientemente fueron publicados los resultados de una gran encuesta a escala estatal que llevó a cabo el gobierno dentro del Plan Nacional sobre Drogas. Se trataba de una investigación para constatar en qué punto se encuentra el consumo de estupefacientes en nuestro país. Los resultados son francamente alarmantes.

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Desgraciadamente, uno de los rasgos que caracterizan hoy la situación de la juventud trabajadora en España, aparte del desempleo y la precariedad extrema, es el enorme impacto que tiene sobre ella el consumo de drogas. Pocos son los jóvenes que nieguen haber probado, al menos, alcohol, marihuana o tabaco.

Lejos de ello, la ingesta de estas sustancias está aceptada socialmente y es vista como algo normal. A menudo sucede que los jóvenes son atraídos a ellas precisamente por el reconocimiento social que tienen, para sentirse integrados dentro de un grupo.

La incidencia de las drogas también es más elevada en los barrios populares, dónde la miseria crece día a día debido a la crisis estructural del sistema capitalista, que en otras partes. Hablamos, pues, de que el índice de consumo de estupefacientes tiene relación directa con el tipo de sociedad en la que vivimos y con el entorno. No existe decisión individual en el consumo de drogas.

Ante esta situación nos encontramos con varios discursos distintos. Algunos de los que más relevancia tienen son, en primer lugar, el de quiénes aseguran que la decisión de drogarse se circunscribe exclusivamente al ámbito de la libertad individual y, en segundo lugar, los que hacen una distinción artificial entre drogas duras y blandas.

Sobre el primer asunto hemos hablado ya los comunistas largo y tendido. En este sentido se puede consultar el texto de Kevin Álvarez "Las drogas no son ni elección libre, ni derecho" o el de Víctor Moreno "La droga como arma contra la juventud: una experiencia de nuestra historia reciente".

Entrando ya en materia, la clasificación y división de las drogas en "duras" y "blandas" es algo totalmente arbitrario. No existe un criterio científico, rigurosamente objetivo para distinguir unas de otras. La colocación de determinada sustancia en uno u otro campo se hace a gusto del consumidor.

Quiénes distinguen entre drogas duras y blandas, en defensa de las segundas, generalmente sitúan dentro del último campo el alcohol y la marihuana. ¿El motivo? No se sabe. Algunos consideran que son menos destructivas; otros, que son menos adictivas. Sería posible, pues, según esta concepción de aquellas sustancias, un consumo responsable.

Los datos revelan en cambio algo muy distinto.

Según la citada Encuesta Domiciliaria sobre el Alcohol y otras Drogas 2013/2014, el 78,3 % de la población española ha probado recientemente el alcohol. El 62,3 % lo ha bebido en los últimos treinta días. Este dato revela que el alcohol, lejos de ser una droga menos peligrosa, lo es más en cuanto permite un tipo de consumo generalizado. Su impacto social es mucho mayor que el de otras drogas.

La marihuana, por su parte, que es consumida por el 9,2 % de los habitantes de este país, presenta unos índices de adicción verdaderamente alarmantes. Estos dos últimos años, por primera vez el número de personas que acudían a clínicas de rehabilitación para quitarse de la marihuana superaban a los que iban para superar la adicción a otras drogas como la heroína o la cocaína. De los consumidores de marihuana que se acercaban a estos centros, el 72 % reconocían una ingesta diaria de la sustancia. Se considera que, del 9,2 % que usa marihuana, al menos el 1,9 % recurre a ella cada día.

Lejos de lo que argumentan los apologetas de las drogas, lo cierto es que el alcohol y la marihuana causan estragos entre la población española en general y los jóvenes trabajadores en particular. Hemos visto como el uso de la primera sustancia, por sus propias características, tiene un impacto social muy elevado al ser posible su consumo masivo y generalizado; la segunda presente índices de adicción elevados, aunque haya quién se atreva a asegurar lo contrario.

El alcohol tiene un enorme potencial para embrutecer la mente de los jóvenes, permitiéndoles evadirse de la realidad al tiempo que los aleja de cualquier alternativa de lucha contra el sistema. Según la encuesta, en el último año al menos 2 de cada 10 personas han tenido alguna que otra borrachera. El 15,5 % reconoce haber abusado del alcohol en los últimos treinta días.

En cuanto a la marihuana, su impacto en la juventud es muy elevado. La preeminencia de su consumo se da en la franja de edad comprendida entre los 15 y los 34 años. El 40,2 % de los jóvenes dentro de aquellos parámetros de edad ha probado esta sustancia en algún momento de su vida. El 25 % de los que usaron cannabis este último año reconocen tener hábitos de consumo problemáticos.

En definitiva, el alcohol y la marihuana, lejos de esa caracterización arbitraria y cómplice que hacen algunos de ellos dentro de las "drogas blandas", son sustancias peligrosas con una alta capacidad de impacto social y gran incidencia actualmente entre los jóvenes de extracción obrera y popular. Sus consecuencias a nivel social, haciendo abstracción de los casos individuales, son muy altas. Es importante que seamos conscientes de ello.

Domenec Merino es Subdirector de Opinión de Tinta Roja.

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