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Mar27062017

Última actualización05:35:47 AM GMT


Una aproximación al estudio de las relaciones afectivo-sexuales en el capitalismo

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El fundamento del capitalismo es la propiedad privada y la producción mercantil. Puesto que la sociedad capitalista se levanta sobre esta base, es lógico deducir que la superestructura (el conjunto de normas e instituciones políticas, sociales, morales...) que se erige encima de ésta estará fuertemente determinada por ella. Las relaciones afectivo-sexuales y el amor no son una excepción a la norma.

En esta época en la que reina la confusión más absoluta respecto a la relación entre las ideas y las condiciones socioeconómicas en las que germinan, no son pocos los que dedican grandes esfuerzos en plantear la posibilidad de un cambio en las relaciones sexuales y afectivas dentro del capitalismo. Aunque algunos se esconden debajo de un matojo de retórica anticapitalista, la mayoría admite en la práctica la posibilidad de lograr un cambio radical en la posición de la mujer en la sociedad y en las relaciones afectivo-sexuales mediante la pedagogía y la simple voluntad.

Pero, ¿cuál es la realidad revelada a la luz de un estudio científico de la historia? Pues ésta, avalada por los hechos históricos que pueden ser consultados por cualquiera que se lo proponga, no es otra que la siguiente: las relaciones afectivas y sexuales, como el patriarcado, están íntimamente ligados con la sociedad existente y con el régimen socioeconómico imperante. Así, el paso del feudalismo al capitalismo empujó a las monótonas y petrificadas familias de campesinos feudales a la turbulenta e individualista vida de la sociedad capitalista en la que la monogamia y la familia nuclear juegan un papel muy importante.

El fundamento del capitalismo es la propiedad privada y la producción mercantil. Puesto que la sociedad capitalista se levanta sobre la base mencionada, es lógico deducir que la superestructura (el conjunto de normas e instituciones políticas, sociales, morales...) que se erige encima de ésta, estará fuertemente determinada por ella. Las relaciones afectivo-sexuales y el amor no son una excepción a la norma.

La sociedad capitalista condena al trabajador a una existencia solitaria y miserable. Condenado a competir con sus hermanos de clase por una migaja de pan en el mercado laboral, hacinado en colosales urbes polucionadas y mal construidas, entregado a los brazos de la competencia y el individualismo desenfrenado en todos los ámbitos, el obrero es presa del aislamiento social.

Una de las reacciones del obrero ante esta macabra situación es la búsqueda del "amor perfecto", el "alma gemela" o la "media naranja". El concepto tiene casi tantas denominaciones como ejemplos en el mundo capitalista. El trabajador solitario necesita encontrar alguien con quién fundir su existencia, y en el fondo esta persona que es objeto de sus pesquisas es tratada como un objeto, como un simple consuelo para uno mismo. Y es que, como no podía ser de otra manera, los que vivimos en una sociedad capitalista actuamos de acuerdo con las pautas que nos marca ésta, por mucho que nos pese. También el amor tiene un componente mercantil: no buscamos una pareja, buscamos una mercancía en el mercado del amor.

Las relaciones sexuales se consuman así en un intento desesperado de aliviar pasajeramente nuestras necesidades fisiológicas a falta de encontrar la media naranja; el amor, cuando llega, se manifiesta en forma de posesión desmesurada de la mujer por el hombre, pues vivimos en una sociedad patriarcal. Se trata de una posesión que va más allá del dominio físico propio de la Edad Media y se adentra en el terreno de la posesión psíquica: los celos, el exceso de intimidad, la exagerada fusión de una y otra vida son manifestaciones de este hecho.

Muchos son los obreros, también algunos comunistas, pues nosotros no podemos sustraernos de las condiciones materiales en las que vivimos, que son engullidos por esta vorágine y que se apartan incluso de la lucha sindical o de la militancia revolucionaria por amor.

La superación de este tipo de relaciones afectivo-sexuales, de este amor burgués, sólo puede ser garantizado por unas condiciones de existencia basadas en el colectivismo, la cooperación y la ayuda mutua: el socialismo. La inserción del individuo en la colectividad, la erradicación paulatina de la propiedad privada y la competencia individual tienen una traslación al mundo del amor y el sexo.

Pero estas condiciones materiales garantes de las nuevas relaciones afectivo-sexuales ya comienzan a brotar en el seno de la caduca sociedad capitalista. En efecto: los obreros, empujados por la miseria creciente en la que son hundidos por el sistema, se organizan en sindicatos y en el Partido Comunista. Esta lucha creciente estrecha los lazos entre los hermanos de clase y, a su vez, atenúa la necesidad de poseer a otra persona y de encontrar el "amor definitivo".

El trabajador, capaz de sentir amor por una persona, siente un compromiso aún mayor por una causa que trasciende a lo inmediato y se adentra en el terreno de lo inmortal: la construcción colectiva, fruto del esfuerzo de generaciones de obreros, de la revolución socialista y del socialismo-comunismo. Es el preludio de las condiciones que marcarán el surgimiento de un nuevo tipo de pareja basada en individuos libres, insertos en una colectividad, capaces de amar a otra persona sin poseerla y dominarla.

A modo de reflexión final, es interesante situar una cita de Alexandra Kollontai sobre la necesidad del cambio revolucionario del modo de producción para lograr una transformación completa de las relaciones afectivo-sexuales:

"Pretendemos conquistar la totalidad del alma del ser amado, pero, en cambio, somos incapaces de respetar la fórmula de amor más sencilla: acercarnos al alma de otro dispuestos a guardarle todo género de consideraciones. Esta sencilla fórmula nos será únicamente inculcada por las nuevas relaciones entre los sexos, relaciones que ya han comenzado a manifestarse y que están basadas en dos principios nuevos también: libertad absoluta, por un lado, e igualdad y verdadera solidaridad como entre compañeros, por otro. Sin embargo, por el momento, la humanidad tiene que sufrir todavía el frío de la soledad espiritual, y no le queda más remedio que soñar con una época mejor en la que todas las relaciones humanas se caractericen por sentimientos de solidaridad, que podrán ser posibles a causa de las nuevas condiciones de la existencia.

La crisis sexual no puede resolverse sin una transformación fundamental de la psicología humana, sólo puede ser vencida por la acumulación de "potencial de amor". Pero esta transformación psíquica depende en absoluto de la reorganización fundamental de nuestras relaciones socioeconómicas sobre una base comunista. Si rechazamos esta "vieja verdad", el problema sexual no tiene solución."


Domènec Merino es miembro del Comité de Redacción de Tinta Roja.

 

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