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Mar26092017

Última actualización06:35:37 AM GMT


Auge de popularidad policial. Mossos: echemos la vista atrás

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La policía defiende la ley de la burguesía. Si hablamos sin tapujos, la policía es aquella herramienta cuyo propósito exclusivo es defender el entramado legal que han creado los juristas y los gestores políticos en beneficios de la clase que tiene el poder. La legalidad no puede entenderse nunca al margen de las clases sociales, pues las leyes las hace el poder y éste es controlado por la clase dominante, distinta en cada momento histórico.

Hace poco más de una semana, un sangriento atentado sacudía el centro de Barcelona. Las consecuencias, en términos de víctimas mortales y de heridos, son devastadoras. La ciudad conmocionada. Después: estrés post-traumático. Hace falta una buena dosis de tiempo y de paciencia para sanar algunas heridas.

El día de la desgracia, la imagen que uno podía encontrarse en el centro de Barcelona por la tarde era apocalíptica: las sirenas de los bomberos, de las ambulancias y de los coches de policía se entremezclaban para formar una macabra serenata que, sin duda alguna, ha quedado almacenada en el recuerdo de muchos barceloneses. Y no es un recuerdo precisamente grato.

Recapitulemos haciendo una breve cronología de lo sucedido. El día 16 de agosto, una explosión sacude el pueblo de Alcanar, situado en la provincia de Tarragona. Balance: dos terroristas muertos en medio de sus propios instrumentos para matar. Pasan veinticuatro horas y el joven Younes Abouyaaqoub, montado en una furgoneta, arrolla a los peatones que transitaban pacíficamente por la emblemática Rambla de Barcelona.

Empieza el caos. Los acontecimientos se suceden a un ritmo frenético. Atropellos, tiroteos y detenciones en varios puntos del territorio distribuidos a lo largo de los días posteriores. El balance final: 15 ciudadanos muertos en La Rambla de Barcelona, junto a más de 130 heridos; 8 terroristas muertos y 4 detenidos. Varios agentes de policía heridos.

El día después del atropello múltiple, Barcelona trata de recuperar la normalidad de manera acelerada. En un ambiente presidido por la tensión y sin dejar de mirar por el rabillo del ojo por si las moscas, los barceloneses sacan orgullosamente la cabeza y vuelven a hablar, suspirar, pasear. Toman un café, incluso en la propia Rambla. Esa misma Rambla que se viste de luto: aparecen flores, velas, carteles y pintadas por doquier. Ni tan siquiera los árboles quedan al margen de los mensajes de condolencia. Los seres humanos muestran lo mejor de sí mismos en medio de un escenario verdaderamente conmovedor.

Y ojalá pudiésemos quedarnos con esa imagen impresa en la retina, cerrar los ojos y renunciar a aceptar ninguna otra realidad. Pero la vida, por desgracia, no es una fotografía. De hecho es más bien, en el caso de que nos veamos obligados a compararla con algo, un conjunto de fotogramas que forman una película acelerada y compleja en la que es imposible entender una escena y seguir la trama sin haber prestado atención a las que la precedían.

Rebobinemos la cinta haciendo un ejercicio de memoria: 18 de marzo de 2009, los Mossos d'Esquadra desalojan a palos a los estudiantes que ocupaban el rectorado de la Universitat de Barcelona para oponerse al Plan Bolonia. Cambio de escena: manifestación en Barcelona en el marco de la huelga general del 14 de noviembre 2012, los antidisturbios disparan una pelota de goma apuntando en alto y revientan un ojo a la manifestante Esther Quintana. Cambio de escena: la policía autonómica se presenta en la fábrica de Panrico de Santa Perpetua de Mogoda a día 14 de octubre de 2013 para sacar por la fuerza la producción que estaba siendo custodiada por los obreros en huelga. Cambio de escena: el 26 de mayo de 2014, los Mossos d'Esquadra apalean a los vecinos de un barrio entero, en Sants, para desalojar un centro social.

balas goma

Proyectiles disparados el 27 de Mayo de 2011 en Plaza Catalunya durante el desalojo de los Indignados

Los índices de popularidad de los Mossos desde que estalló la crisis no habían dejado de caer en picado. La Conselleria d'Interior de la Generalitat elabora un informe bianual analizando ésta y otras cuestiones. Muy a su pesar, la valoración de los catalanes respecto a la policía ha estado descendiendo ininterrumpidamente desde el año 2000, situándose alrededor del 6 como nota media y sin experimentar repuntes significativos hasta el 2017.

Volvamos al presente. Ignoraremos algunos datos extremadamente preocupantes que están saliendo a luz en los últimos días. Trataremos de no pensar en que recientemente el diario Público informaba de que los servicios de inteligencia norteamericanos habían tenido contacto con los terroristas de Ripoll el 31 de julio por Telegram y que las fuerzas de seguridad de nuestro país estaban informadas de ello. No pasaremos a especular sobre porqué las pesquisas, con toda la tecnología de la que dispone la policía, no acabaron llevando a la detención de los terroristas.

Asumamos que la policía, a pesar de sus increíbles recursos, fue incapaz de detectar la célula terrorista que ha perpetrado estos asesinatos.

Vayamos sólo a los hechos: los Mossos d'Esquadra abatieron a varios terroristas y detuvieron a otros tantos. Evitaron, probablemente, otras masacres que se hubieran cobrado más víctimas mortales. Salvaron vidas. Hicieron algo muy positivo.

Recurrimos constantemente a la policía. Lo hacemos si nos roban la cartera, si nos agreden, si nos amenazan. Pero también lo harían, es de suponer, los españoles en la década de los sesenta con la policía franquista al encontrarse frente a un robo, una agresión o una amenaza de otro ciudadano.

Desgraciadamente estos asuntos no son nada simples de digerir. La policía no es ni buena ni mala en abstracto y es evidente que no podemos permitirnos el lujo de entrar en una espiral de divagaciones sobre actuaciones concretas. Cada uno tendrá su subjetividad en relación con la experiencia que haya tenido y está claro que una persona que nunca se haya movido u organizado para defender sus derechos no habrá padecido la dureza de la porra de los Mossos o los rigores de sus comisarías.

Pero al margen de la percepción que tenemos de la policía, todos estaremos de acuerdo en esto: su misión es proteger y hacer cumplir la legalidad vigente. No tiene otra tarea. A partir de ahí: ¿quién elabora las leyes? Los grandes partidos políticos con presencia en las cámaras legislativas. ¿Quién controla esos partidos políticos? La burguesía, tal y como demuestran no sólo los múltiples casos de corrupción que se destapan cada año, sino también los datos perfectamente públicos y legales de financiación de las campañas electorales y de concesión de créditos a estas organizaciones.

La policía no es una estructura independiente del Estado burgués. Se vertebra de forma piramidal, con su centro en la cúspide nombrado por esos mismos partidos políticos.

La policía defiende la ley de la burguesía. Si hablamos sin tapujos, la policía es aquella herramienta cuyo propósito exclusivo es defender el entramado legal que han creado los juristas y los gestores políticos en beneficios de la clase que tiene el poder.

La legalidad no puede entenderse nunca al margen de las clases sociales, pues las leyes las hace el poder y éste es controlado por la clase dominante, distinta en cada momento histórico. Es por ello que nuestras leyes actuales se inspiran, filosóficamente, en los ideales de la Revolución Francesa, que no son otros que los ideales de la burguesía.

No es extraño que nuestra Constitución proclame desde sus primeras líneas la adhesión y la defensa de los Derechos Humanos.

Los Derechos Humanos son un buen ejemplo de lo que estamos hablando.

¿Qué son los Derechos Humanos? Cuando escuchamos hablar de ellos, los asociamos con el derecho a la vida, a la integridad personal, a la igualdad (política y jurídica, no económica), a la libertad, por poner unos pocos ejemplos. Y, por supuesto, el derecho a la propiedad.

Los ilustrados franceses del siglo XVIII aseguraban que el ser humano tenía una naturaleza inmutable y que se regía por una serie de principios y características que sólo era necesario descubrir por medio del uso de la razón. Curiosamente, esos principios y características se correspondían con lo que la naciente burguesía necesitaba entonces y sigue necesitando hoy: libertad individual para competir, derecho a la propiedad, etcétera.

¿Por qué los Derechos Humanos son los que son y no otros? ¿Quién, como y cuando lo decide? Sin duda no es algo que se resuelva en un solo acto; se trata de un proceso histórico.

Al final, los Derechos Humanos que nos han enseñado a venerar como si de ídolos se tratase, no son otra cosa que los ideales de la burguesía hechos ley.

No es de extrañar que la votación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, producida en 1948, contase con la abstención de la Unión Soviética. No se trataba de negar el derecho a la vida o a la igualdad, pues los comunistas luchamos por la vida y por la igualdad: se trataba de rechazar un grupo de ideas que, situadas en conjunto, encumbran las aspiraciones sociales de la burguesía y pasan a hacer entender la vida de una manera determinada. Ideas que hacen perder sentido a la vida al margen del concepto de propiedad, de igualdad jurídica, de libertad (de comercio), etcétera. Las ideas, los principios y las leyes siempre hay que contextualizarlos, no pueden ser analizadas una a una por separado. Es necesario discernir de dónde surgen.

Es posible entender la vida o la igualdad de otra manera, igual que es posible entender los Derechos Humanos de forma distinta, no son un concepto cerrado. Porque al final, los humanos no tenemos unos derechos que nos son intrínsecos. Los derechos son sociales: y lo que es justo en una época histórica, es injusto en otra.

Con las leyes pasa lo mismo.

Y muchas de las leyes vigentes hoy en día garantizan probablemente nuestro bienestar. Además son también fruto de la lucha de clases. Pero eso no quita que el entramado legal español en su conjunto, empezando por la Constitución, encarne las aspiraciones y los intereses de la burguesía y esté diseñado para mantener su poder. Y visto en conjunto, ese entramado legal es contrario a nuestros intereses de clase.

De la misma forma, haciendo abstracción de las actuaciones particulares y concretas de la policía y también de su intervención en el atentado del 17 de agosto, lo cierto es que su función es defender la legalidad burguesa. No es de extrañar que, desde el estallido de la crisis en 2007, su valoración social haya caído en picado: una parte de su ingrata tarea es reprimir las movilizaciones obreras y populares.

La valoración de la policía después del atentado probablemente habrá subido entre la población. Y si esta reacción es sorprendente, la actuación de los partidos burgueses es indignante.

Y para muestra un botón: aprovechando el atentado terrorista y la consecuente actuación de la policía, el Partido Socialista pedía, por boca de su Vicesecretaria General, Adriana Lastra, la creación de un “FBI europeo” (sic). Es decir: aprovechando el momento de miedo, proponer más poder para la Unión Europea de los monopolios y más herramientas de legitimación y de represión para unas fuerzas cuyo objetivo fundamental es defender los intereses de la burguesía. No es de extrañar que la propuesta haya caído muy en gracia de los otros partidos burgueses. De hecho, el presidente conservador del Parlamento Europeo se apresuró a mostrar su conformidad con la propuesta, que podría salir adelante en los próximos meses.

Y mientras los representantes de los monopolios proponen fortalecer a las fuerzas represivas, no dicen ni una palabra sobre nuestro papel en las guerras imperialistas de Afganistán, Irak, Libia, Siria, de nuestra presencia en el Líbano o de nuestra colaboración con Israel. Tampoco se atreven a articular palabra sobre las acusaciones, cada vez más insistentes, de diversos periodistas y organizaciones globales sobre el papel que han tenido gobiernos occidentales en el armamento y la financiación de organizaciones terroristas en Siria, en Libia y en Irak. No cuestionan las relaciones diplomáticas y comerciales de España con países financiadores del terrorismo como Arabia Saudita.

Quizá abordar estas cuestiones sería un primer paso para garantizar que nunca más sus guerras y sus intereses se vuelvan a cobrar una sola más de nuestras vidas.

Domènec Merino

Responsable de Formación del Consejo Central

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