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Sab10042021

Última actualización09:36:03 AM GMT


El racismo divide a la clase obrera

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Los desplazamientos humanos son tan antiguos como la existencia de los hombres y las mujeres sobre la tierra. Por motivos climáticos, económicos, políticos, huyendo de miserias o persecuciones, las migraciones son intrínsecas al ser humano a lo largo de la historia. Sin embargo, nunca fueron tan fuertes cualitativa y cuantitativamente como con la aparición de la Revolución Industrial y la generalización del sistema capitalista en la sociedad occidental, ¿casualidad?

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Una de las teorías sociológicas que explican los fenómenos migratorios es la de "push and pull factors". Los movimientos de población se deben así básicamente a dos factores, los de expulsión del país de origen (push) y los de atracción por el nuevo destino (pull). De ambos factores el imperialismo económico mundial es responsable, situando a cada país en un nivel de desarrollo y de comodidad diferentes. Por eso el capitalismo fomenta las migraciones desde las zonas llamadas "menos favorecidas" del planeta, aquellas donde el mercado de trabajo es más precario y el nivel de vida más ínfimo. Así podemos ver como existen clases sociales, jerarquías entre los diferentes países.

Bien recordaremos cuando hace apenas 10 años miles de obreros y obreras de diferentes países se sintieron, a la vez que expulsados de su país de origen, atraídos por el Estado Español. La crisis económica capitalista aún no había explotado, sino que el sistema estaba en una época de bonanza, y, por lo general los jóvenes accedían con facilidad a puestos de trabajo, aunque fueran inestables, como el caso de la construcción. Así, muchos jóvenes de países como Marruecos, Ecuador o Rumanía fueron llegando en búsqueda de empleo, huyendo de situaciones a veces desesperadas en sus países, para sobrevivir y aportar dinero a su familia. Muchas veces pluriempleados, se dedicaban especialmente en aquellos empleos que, como se decía en aquellos años, los españoles no querían. Sin embargo, sorprendentemente, se escuchaban algunos comentarios como "que se vuelvan a su país", "vienen a quitarnos nuestro trabajo" o el trístemente célebre "los españoles primero".

Como si hubiese obreros de primera o segunda división dependiendo de su origen geográfico. Como si la culpa de los despidos a obreros españoles por parte de las empresas fuese de los inmigrantes. El mismo sistema económico que mata de hambre en sus países, y obliga a estos obreros a embarcarse en la aventura de llegar a un nuevo territorio buscando un lugar en el mundo, es el que se aprovecha de su desesperación a vender su fuerza de trabajo. Era la patronal española la que sobrexplotaba a los trabajadores inmigrantes descendiendo su salario y sus condiciones laborales.

¿En qué se basa entonces este racismo, esta xenofobia u odio a lo diferente? Cuando el obrero latinoamericano, subsahariano, magrebí o asiático aceptaba condiciones laborales y salarios deplorables que, a pesar de todo, eran mejores que las de su país de origen, no lo hacía lógicamente para fastidiar a su presunto enemigo, el obrero español. El racismo tiene su origen en el desconocimiento, en la falta de análisis y en la manipulación por un sistema que nos dice que tenemos que odiar a nuestro compañero de infortunios por ser diferente su color de piel, y no a la soga que nos aprieta. El racismo no hace sino dividir a la clase obrera internacional, y es una técnica que la burguesía tiene muy bien aprendida y ensayada.

Pero avancemos ahora diez años. Nos situamos en el invierno de 2015 y recordamos a aquellos trabajadores marroquíes, ecuatorianos o rumanos cuando somos ahora nosotros, los trabajadores españoles, los que recibimos comentarios xenófobos en Francia, Alemania o Reino Unido. Ya hace diez años algunas voces tenían en mente cuando en los años 1960 los españoles emigraban a Europa, donde las grandes empresas europeas aprovechaban esta mano de obra barata. ¿Eran nuestros abuelos, o somos ahora nosotros los que quitamos el trabajo a los jóvenes franceses, alemanes o británicos?

En plena crisis económica siguen descentralizándose cada semana miles de empresas, despidiendo a los trabajadores de sus fábricas para emplear a otros en países con salarios más bajos, y darles igualmente la patada cuando "la política de la empresa lo requiera". Mientras existan explotadores y explotados, opresores y oprimidos, los segundos vagarán con sus sueños y sus familias a rastras por todo el globo. Y no son nuestros enemigos, no nos dejemos manipular, no caigamos en el juego de la burguesía a la que hacíamos referencia unos párrafos más arriba.

El racismo no es sino un instrumento para desviar el foco de atención de lo realmente importante. Lo vemos continuamente, como los inmigrantes son utilizados como chivo expiatorio, como diana hacia la que apuntar odios y rechazos, frustraciones que nos generan nuestra propia alienación en el sistema capitalista. La burguesía dice que las culpas de esa frustración es del vecino inmigrante, pero nunca del capitalista que nos chupa la sangre a ambos. El racismo divide a la clase obrera, y de qué manera tan estúpida. Como dijo Marx, el obrero no tiene patria.

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