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Sab10042021

Última actualización09:36:03 AM GMT


De la mano con el enemigo, derrota asegurada

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La moral de la conciliación entre clases, a la cual hacen pasar por una concepción democrática de la sociedad, sitúa a los trabajadores subyugados a las opiniones e intereses del patrón. Siempre que hablen de que se ha de respetar la democracia en abstracto, sin hablar de la democracia de tal o cual clase, entonces intentan hacer comulgar a la clase obrera con el proyecto burgués que es antagónico a los trabajadores en medida que está basado en su explotación para el enriquecimiento de los propietarios.

Los partidos reformistas, como PSOE, IU o PODEMOS, son una pata del sistema, pues procuran la conciliación en vez de la ruptura revolucionaria del sistema de explotación.

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La contradicción de tipo moral más general que azota al pueblo trabajador hoy en día es la contradicción entre el cómo vivimos y el cómo nos gustaría vivir. Todas las quejas, todas las críticas, todas las denuncias y reivindicaciones son evidencia de que no nos gusta el actual estado de cosas, y nuestra tarea histórica es superar este estado y construir uno nuevo, acorde a lo que necesitamos y deseamos. Pero en este proyecto, al contrario de lo que nos hace creer la filosofía burguesa y muchos modernos políticos que claman por la democracia, no cabe todo el mundo, o más bien, no cabe considerar las posturas de todo el mundo.

No debemos mejorar el actual sistema económico, político, social, moral y cultural, sino superarlo. Mejorarlo significaría que eliminamos la corrupción política, que los empresarios ya no esquivan la legalidad para explotarnos más y más, y largo etc. Pero, ¿nos sirve esto de algo? Aunque no roben, los políticos burgueses no representan, aunque algunos proyectos intenten aparentarlo, los intereses del pueblo trabajador sino los de los empresarios: pensar lo contrario es idealismo puro y duro, vivir en un cuento de hadas. Aunque los empresarios (y nos referimos a los grandes burgueses y oligarcas, no a los pequeños productores) no esquiven la legalidad, la desigualdad y la injusticia con respecto a sus trabajadores y empleados sigue estando patente: unos siguen trabajando por un salario inferior a su trabajo real y el otro sigue acumulando riqueza sin sudar una gota; porque la ley, como hemos dicho, está a su servicio.

Estas medidas a modo de parche, reformas, pequeños avances, salidas temporales, sólo hacen que atenuar momentáneamente las consecuencias de un voraz sistema económico que tarde o temprano vuelve a producir explotación brutal, corrupción, hambre, muerte, degeneración moral, vacío cultural. Por ello, la posición moral revolucionaria, el proyecto de cambiar el mundo, con el que tanta gente de diverso calibre se llena la boca, pasa por diseñar un sistema económico, social y moral para el pueblo trabajador, sin tener en cuenta lo que pidan o dejen de pedir quienes nos explotan. A un empresario le parece justo hacer un ERE cuando no está ganando dinero, pero para los obreros que despide esto es la injusticia misma. A un político le parece justo recortar inversión en sanidad o en educación cuando en la gestión del dinero del estado hay otras prioridades económicas; no obstante, al estudiante o al enfermo que sufre la degradación de estos servicios, esto le parece una aberración.

Podríamos poner miles de ejemplos, pero estos dos ya sirven para establecer el parámetro general: en una sociedad dividida en clases, con intereses antagónicos e irreconciliables, no hay un proyecto social ni un código moral común. Lo que parece justo a los explotadores, no lo es para los trabajadores; lo que es justo para los trabajadores, a los explotadores no se lo parece. Mientras en cada conflicto diario, en cada enfrentamiento, en cada posicionamiento político, las organizaciones que se reclaman del pueblo, sigan tomando en cuenta la opinión de los explotadores, respetándolos y valorándolos como una parte de la máquina social que debe solucionar los problemas del pueblo trabajador, no habrá victoria ninguna. Los obreros sabemos que respetando las opiniones e intereses del patrón en la negociación, jamás ganamos; y esta posición moral hay que trasladarla a cualquier esfera de la lucha diaria: en cada barrio, centro de estudios y de trabajo, somos los jóvenes de extracción obrera y popular quienes debatimos, votamos, decidimos y actuamos, sin tener en cuenta qué quieren nuestros dueños. Ellos hablarán de diálogo, de consenso. Pero ¿qué diálogo puede haber entre dos partes en evidente desigualdad?, ¿a qué consenso llegaremos, sino a uno que beneficie al enemigo, si nos consideramos iguales en el debate, cuando evidentemente él está en mejor posición? Debemos desterrar las ideas conciliadoras que nos imponen y deslizan como democráticas y saber diferenciar entre amigos y enemigos: al enemigo ni agua.

Esto no quiere decir que debamos exterminar a todos los empresarios, en todo caso tendrán que atenerse a las consecuencias si ellos deciden aniquilarnos a nosotros. y hay muchos condenados a la proletarización (que cierran hoy sus negocios) que son potenciales aliados de la clase obrera. Pero lo que sí que quiere decir es que, igual que no pasamos el balón al equipo contrario cuando jugamos a baloncesto, tampoco debemos dejar a la clase dominante y a sus pensadores e intelectuales, que piensen por nosotros, aunque ellos crean que actúan por el pueblo, se llamen PSOE, IU, PODEMOS o cualquier otro. Construyamos nuestras estructuras, nuestra moral y nuestro Partido, al margen de la influencia de una clase social que queremos y debemos destruir. Trabajador, estudiante, pequeño propietario: ningún Partido que contemple los intereses y opiniones de los capitalistas, les llamen como les llamen, es tu partido.

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