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Mie14042021

Última actualización09:36:03 AM GMT


La temporalidad en los puestos de trabajo: cómo el capitalismo avanza hacia una nueva crisis de sobreproducción

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En estos tiempos de crisis -sin brotes verdes ni nada que se le parezca para cualquier trabajador o trabajadora, aunque sí para los dueños de las grandes empresas monopolistas, como reflejan los índices de recuperación económica- hay varios fenómenos económicos que se han asentado para beneficio de aquellos que dominan la economía.

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Uno de esos fenómenos que estamos contemplando en los últimos años es el aumento de la temporalidad del empleo, bien sea por interés del trabajador en cambiar de empleo o por la propia duración de los contratos de trabajo, cada vez más reducida con el beneplácito de las consecutivas reformas laborales impulsadas desde el gobierno español.

Los fríos datos reflejan una realidad social: Según estudios de Randstad, empresa dedicada a la gestión de recursos humanos, el 18,5% de los jóvenes españoles menores de 25 años que tienen un empleo -grupo de edad, por cierto, con un 51,4% de paro actualmente- se encuentran buscando activamente otro, especialmente en los sectores de la comunicación, agricultura, construcción y manufacturas. Por otro lado, si en 2006 -año previo al estallido de la crisis- el porcentaje de contratos de menos de una semana era del 14,7% sobre el total de contratos realizados, en lo que llevamos de 2015 ese porcentaje ha alcanzado el 24,4% sobre el total y un 28,7% de aquellos que además se suscriben a tiempo parcial. Se trata de un aumento de casi un 10% en menos de una década, clara muestra de la aberrante mutación que está experimento el empleo en el territorio español.

Estos datos juntos nos dan un reflejo de los cambios sociales a los que se ve sometida la clase trabajadora: nos encontramos con una mayor inestabilidad laboral en todos los ámbitos productivos, especialmente en aquellos sectores productivos que han sido más ferozmente atacados desde la Unión Europea -agricultura, industria- y por la crisis de superproducción -construcción, sector servicios-. Los trabajadores de esos sectores son conscientes de ello y, en un intento de evitar engrosar las filas del paro, buscan trabajo en otras empresas o en otros sectores. En este contexto, y siguiendo la lógica del sistema capitalista, el aumento de la oferta de fuerza de trabajo en el resto de sectores genera un descenso de los salarios en dichos sectores, precarizando aún más el empleo que existía en ellos y permitiendo a los dueños de los medios de producción aumentar su tasa de ganancia. Es, en definitiva, un efecto dominó en la que la caída de las primeras fichas tiran al suelo a las demás, siendo artífice de dicho movimiento de empuje la mano invisible que controla las leyes de oferta y demanda del mercado laboral.

Pero estaríamos ciegos o seríamos locos si pensáramos que esa mano invisible no perteneciese a una clase social dominante y que realiza dicho empujón a las fichas por inevitabilidad, porque el destino así lo dictaba. No podemos caer en esos idealismos. No han sido sino los monopolios de la Unión Europea, bajo apariencia de legitimidad bonachona, los que han provocado el desplome del dominó. Y lo han hecho con los instrumentos legales con los que han armado a los serviles estados: con directivas europeas como la Política Agraria Común -oculta en los últimos tiempos con subvenciones al desarrollo rural- para destruir la agricultura en Europa; con la desindustrialización y la deslocalización de la producción, amparadas por reformas laborales que buscaban precisamente la inestabilidad en el empleo con que nos encontramos ahora, en nombre de una bendecida flexibilidad laboral que -se decía- traería más prosperidad a todos y todas. En resumen, los estados capitalistas, como instrumentos de y para la clase dominante y conscientes de la dinámica del capitalismo y sus crisis, han generado las condiciones necesarias para acelerar la destrucción de sectores enteros de la producción, llevando colateralmente a la clase trabajadora a una mayor explotación laboral, más evidente en sectores concretos, entre los que se encuentra la juventud, más vulnerable en sus puestos de trabajo.

Eso es lo que reflejan los datos de temporalidad y de búsqueda de empleo: cómo el sistema evoluciona para intentar sobrevivir hasta la próxima crisis de superproducción. La juventud ha de tomar nota de la situación en la que se encuentra hoy en día y organizarse con el resto de la clase obrera para evitar que la historia se vuelva a repetir. La bestia ni caerá sola ni lo hará pacíficamente.


 Reguera es miembro del Comité de Redacción de Opinión de Tinta Roja.

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