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Jue30032017

Última actualización10:19:38 AM GMT


Botellón y el ocio de la juventud

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Bastante gente se hecha las manos a la cabeza cuando opinamos que el uso que hace la juventud del alcohol y las drogas constituye un problema de salud pública; siendo, en realidad, la continuación de aquel problema del caballo en los 80 y 90, la cocaína y los porros de los 2000... No resulta un problema tan evidente cuando no hay un elevado número de muertes en nuestra generación, pero la alarma aparece cuando aparecen las muertes: mismamente, el pasado mes de noviembre en San Martín de la Vega (Madrid) fallecía una chica de 12 años por coma etílico.

El ocio basado en el consumo de alcohol y otras drogas resulta ser bastante popular entre la juventud de nuestro país, sin distinciones entre grandes ciudades y el medio rural. La desinhibición, el subidón de serotonina y la sociabilidad son factores determinantes, quizás buscados por jóvenes que quieren romper con una rutina tediosa en la que no se sienten realizados; y es que vemos que es tan importante ponerse borracho como pasar el rato con amigos y amigas.

Podemos afirmar que el amplísimo consumo de drogas entre la juventud acarrea importantes problemas en no pocas ocasiones. No podemos emitir juicios morales perfectos, aunque sí somos capaces de identificar otras peculiaridades sociales: existen pocos o ningún programa social que desarrolle una campaña contra la drogadicción (más allá del escueto anuncio de la FAD), a nivel estatal o como iniciativa u ordenanza municipal; hay una gran difusión y aceptación del comercio, venta y difusión de los estupefacientes o sustancias adictivas en nuestra sociedad, por mucha imagen traumática que el Ministerio obligue a poner en las cajetillas; existe, además, casi plena permisividad por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado ante este tipo de eventos, sean en recito privado o municipal, así como un manejo totalmente deliberado de la venta y consumo de drogas en los barrios populares, controlando las cundas y pinchando los dispositivos de quienes trapichean. ¿Quién no conoce a 1, 2, 5, 10, etc. camellos sólo entre su círculo de amistades?

Realmente, no encontramos ante una oferta de ocio en que el cine en familia cuesta 28€, el teatro, de 10€ a 20€; los festivales de música, hasta 60€... panorama ante el que los porros en el parque o el botellón resultan ser la forma de ocio más accesible y sencilla, y, en consecuencia, más popular entre nuestros amigos.

Concluiremos diciendo que no se trata de condenar el comportamiento de los jóvenes, pero no somos ingenuos y vemos qué fuerzas operan detrás de los botellones y otras situaciones similares: es evidente que el alcohol y las drogas reducen la voluntad y la autonomía, falsean las relaciones sociales, nos hacen evadirnos de la realidad... ¿cómo se puede manifestar este comportamiento alienante? Mismamente, en las luchas mineras de los 90 quienes daban los chivatazos eran drogodependientes, delatando la lucha de sus compañeros a cambio de dosis introducidas por la policía; o, si queremos un caso de más actualidad, comprobamos que el ambiente festivo y etílico de los San Fermines se convierte en el pretexto perfecto para una violación colectiva.

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