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Lun23102017

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El bullying: causas, consecuencias y soluciones radicales

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Ahora mismo, el mundo es un lugar violento. La violencia y la dominación se expresan en distintos campos, y uno de ellos es sin duda la convivencia de los niños y los adolescentes. Últimamente está el grito en el cielo por el bullying, hay más sensibilización; no obstante, esto no basta. Las medidas son totalmente insuficientes y los caminos están mal enfocados en la mayoría de ocasiones, para resolver un problema que, lejos de ser cosas normales entre los niños es síntoma de una enfermedad profunda de desigualdad, dominación y opresión en nuestra sociedad, y que comienza en la más temprana edad.

El bullying, tal como lo entendemos, es el acoso físico, verbal o psicológico que una o varias personas ejercen contra otra u otras de forma más o menos continuada. Lamentablemente, todos lo hemos sufrido, ejercido o al menos sido testigo de ello: tal es la implantación que tiene en España desde años y años atrás. ¿Los motivos de la persona acosadora? Autoafirmación, exhibición ante otros compañeros, sensación de poder y de superioridad, diversión... la mente de un niño es compleja, y más si vive en una sociedad esencialmente llena de violencia, de la que luego hablaremos. ¿Las posibles consecuencias para la persona acosada? Baja autoestima, dificultades para relacionarse, fracaso escolar, odio... también son muy numerosas y variadas.

Pero ¿por qué existe el bullying en los colegios y en los institutos, extrapolado ahora con las nuevas tecnologías también afuera del colegio? La respuesta fácil sería decir que los humanos llevamos dentro una violencia natural que hemos de sacar por alguna parte, que es normal que los niños se peleen, que no es para tanto, que los fuertes tienen necesidad de dominar, o alguna chorrada descontextualizada similar. Si examinamos la cuestión de una forma seria, entenderemos que los niños reproducen en su pequeño mundo las actitudes que dominan la sociedad entera. Que estando en proceso de crecimiento y aprendizaje no sólo de matemáticas y lengua sino de cómo relacionarse con los demás, basan su comportamiento en lo que ven y oyen en casa, en la televisión, en la calle. Pensar que pueden construir sus valores y sus actitudes desde 0, y que en ese desarrollo natural no condicionado por la sociedad aparece la violencia, es absurdo.

La situación general de la táctica contra el bullying actualmente es la siguiente. En los colegios existe un o una psicóloga, una para 600 niños que, cuando se da un conflicto que los profesores ven -la mayoría de casos pasan desapercibidos al mundo adulto- toman a los implicados aisladamente y les hacen reflexionar sobre el asunto: al acosador se le intenta hacer entender por qué es malo lo que hace, y a la víctima se le insta a denunciar. Por si acaso, fuera del colegio hay un número escandalosamente insuficiente de psicólogos infantiles públicos, que pueden ver a cada niño una vez al mes sólo 45 minutos. No es difícil deducir que este sistema es absolutamente insuficiente. El punto positivo, aunque también insuficiente, lo ponen las AMPAS u otras organizaciones sociales cuando realizan campañas de sensibilización a los jóvenes, o llevan a cabo iniciativas que, teniendo a los niños y adolescentes ocupados e interesados en otras cosas, no tiene tiempo ni necesidad de hacer bullying a nadie.

Pero como hemos visto, la violencia no es sólo un síntoma individual de algunos niños que necesitan tratamiento psicológico. La violencia, la dominación y el abuso atraviesan todas las esferas de nuestra sociedad y evidentemente la infancia no puede abstraerse de su influencia. Pongamos ejemplos. La dominación económica que se evidencia cuando unos tienen tanto y la mayoría de familias, tan poco; la violencia estatal contra los movimientos sociales que pretenden subvertir esta situación; la dominación y violencia doméstica patriarcal en la propia casa; los abusos que se reproducen fuera de los colegios en los barrios no necesariamente bajos en que el atraco callejero es algo habitual; la represión al diferente en casa, en la televisión o en cualquier ambiente: diversidad sexual, origen étnico, de clase...; la dominación de los adultos en toda estructura o discusión de las que los niños son vetados sólo por ser niños; la violencia perpetua que abre todos los telediarios; las lamentables actitudes de personajes televisivos como futbolistas o tertulianos; la filosofía global de debes ser el mejor, sólo los fuertes sobreviven, debes sobresalir entre los demás. Instamos al lector a seguir esta lista y reflexionar sobre cómo influye en el desarrollo social de los niños. En cualquier caso, queda claro que el entorno del niño está lleno de relaciones de dominación: jefe-trabajador (padres o familiares), adulto-niño, hombre-mujer, fuerte-débil, normal-diferente, policía-ciudadano, político-ciudadano, maestro-alumno y largo etcétera.

El proceso actual es que de esas relaciones de dominación, los y las niñas aprenden sin saberlo dominación, y la reproducen. Los adultos intentan, cuando ya ha surgido, paliarla y reconducirla, o hacer campañas contra la violencia escolar. ¿Pueden unas campañas ser un contrapeso real para la cruda realidad violenta y de dominación que envuelve a nuestra sociedad y también al niño? No. Ésta es la razón por la que decíamos antes que está mal enfocado el problema. El origen del problema no es la mente perversa de los niños o la falta de control adulto, sino el contexto, el ambiente que inexorablemente forja la psicología de los y las niñas y les hace reproducir actitudes y roles de dominación y de violencia. Por lo tanto, y aunque sea más difícil, la solución debe estar enfocada a suprimir todas las manifestaciones de violencia social, patriarcal, económica, laboral, callejera y de todo tipo. Porque la educación social de un niño o una niña está condicionada por sus padres, sus profesores y sus compañeros y compañeras, pero está determinada, mucho más ampliamente, por la cultura imperante de su época; deplorablemente, todavía vivimos en la cultura de la dominación.

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