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Una historia de violencia. La represión al movimiento obrero a lo largo de la historia.

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Tinta Roja nº19 – Otoño 2013

Roberto Guijarro

Las imágenes de los casi cuarenta mineros sudafricanos asesinados salvajemente por la policía el pasado mes de agosto, constituyen el cruel pero necesario recuerdo de que cada uno de los derechos de los que goza la clase trabajadora no son una concesión producto de la filantropía de la oligarquía, sino el resultado de la lucha que históricamente ha librado la clase obrera en contra de la clase capitalista.

La represión al conjunto del pueblo trabajador ha tomado distintas formas a lo largo de la historia, con el único objetivo de subyugar la fuerza de trabajo al capital. Por esto, cuando todavía el movimiento obrero no estaba desarrollado como fuerza sindical y política, la represión ya había nacido contra la “natural” resistencia de los proletarios a someterse a los ritmos de trabajos extenuantes de las fábricas. Frente a esto, los capitalistas desarrollaron una gran cadena de mando, similar a la de un ejército, para vigilar  y someter a los trabajadores a la disciplina fabril, donde cabían desde multas por comportamientos inadecuados hasta elaboración de listas negras para evitar emplear a trabajadores que destacaban por su rebeldía ante la naciente esclavitud del capital.

A medida que el movimiento obrero se fue desarrollando, paulatinamente, en forma de sindicatos y asociaciones obreras, la represión traspasó la fábrica y trató de exterminar las organizaciones que los trabajadores estructuraban en pos de sus derechos. Por desgracia, contamos con infinitos ejemplos de cómo la clase capitalista arremete contra los trabajadores a través de los aparatos represivos del Estado. En la memoria colectiva quedan los siete obreros de Chicago ahorcados en 1887 por defender la jornada laboral de 8 horas, iniciando una huelga el 1 de Mayo de 1886.

De igual manera, en España tenemos innumerables ejemplos sobre cómo la patronal ha utilizado la represión contra el movimiento obrero organizado, por ejemplo, con el asesinato selectivo de sindicalistas, en el periodo que de 1917 a 1923 se conoció como los años del pistolerismo, donde se llegaron a organizar grupos de sicarios en torno al Sindicato Libre.

Otras estrategias para desarticular al movimiento obrero han consistido en generar desde los aparatos del Estado una respuesta violenta y arbitraria, como una manera de generar pánico y frenar la movilización.  Así ocurrió con los sucesos de La Semana Trágica, donde hubo un total de 75 trabajadores asesinados. Más cerca en el tiempo: la masacre de la Policía Armada dirigida por el fascista Fraga Iribarne, que resultó con cinco obreros muertos tras una asamblea en  jornada de huelga general contra los topes salariales y por unas mejores condiciones de trabajo, el 3 de marzo de 1976. O el asesinato de los cinco abogados laboralistas en Atocha (militantes de CCOO y del PCE) la noche del 24 de enero de 1977, que provocó una incontenible movilización de repulsa en la calle.

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Las imágenes más impactantes y recientes que hemos presenciado de la represión contra el movimiento obrero en España son aquellas del conflicto minero. Aquí, la escalada represiva ha consistido en agresiones selectivas pero también indiscriminadas al conjunto de la clase obrera residente en las cuencas (participaran o no en las protestas), donde la Policía Nacional y la Guardia Civil han atacado con gases lacrimógenos, pelotas de goma, porrazos e incluso asaltos a viviendas particulares. Si no fuera por el color y la vestimenta, sería difícil distinguir las imágenes de la represión del 34 en Asturies de lo ocurrido durante este verano de 2012.

A medida que se fue superando el mero tradeunionismo, la burguesía –que también adquiría experiencia como clase para enfrentarse al cada vez más pujante movimiento obrero– comprendió que las organizaciones comunistas que se consolidaban en todo el mundo constituían la forma más avanzada de lucha obrera, y por ello, trató de exterminarlas de manera prioritaria mediante cualquier método a su alcance, desde el asesinato selectivo de sus principales dirigentes –como es ejemplo el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, fundadores del Partido Comunista de Alemania–. El fomento de grupos paramilitares que destacan por su furibundo antimarxismo ha sido igualmente una constante en la represión contra el movimiento obrero: Falange Española de las JONS en España, los fascios en Italia, o las SA en Alemania.

La burguesía derrotada, no resignándose a perder sus privilegios en aquellos países donde los trabajadores tomaron el poder o se establecieron gobiernos populares, fomentó la creación de grupos terroristas para liquidar esos gobiernos. Algunos ejemplos de esta gran lista son: las redes clandestinas que se conformaron en la Unión Soviética para sabotear la producción, la Contra nicaragüense, o las múltiples organizaciones terroristas auspiciadas por EEUU contra Cuba, como Alfa 66 y Omega 7.

Todos los sucesos represivos enumerados nos indican, en una lista que podría ser mucho más larga, que la oligarquía capitalista se encuentra, a través de sus aparatos represivos y de sus grupos paramilitares de tendencia fascista, en permanente combate a muerte contra la clase trabajadora. Al igual que reivindicamos la memoria colectiva de la lucha obrera a lo largo de la historia para afrontar el futuro hacia el socialismo, tenemos que tener en cuenta que también la burguesía cuenta con un gran acervo de técnicas y métodos que ha empleado y empleará contra el movimiento obrero. Tener esto en cuenta es fundamental a la hora de diseñar el contraataque que poco a poco se está tejiendo en el conjunto del Estado contra el actual bloque histórico de poder.

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