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Mie23102019

Última actualización09:36:03 AM GMT


Primark: un ejemplo más de cómo la explotación de la juventud trabajadora sustenta la competitividad empresarial

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Para la juventud, y sobretodo la juventud a la que no le sobra el dinero, que es la inmensa mayoría, poder comprar ropa -necesidad básica- a un precio bajo es un beneficio que difícilmente se puede rechazar. Habitualmente, la familia obrera no tiene para comprar ropa buena y de gran calidad, igual que no tiene para comprar, por ejemplo, comida ecológica, hablando de otra necesidad básica. Pero igual que en la industria alimentaria, en la textil los bajos precios tienen una explicación: más y más explotación para nosotros, las y los trabajadores, especialmente la juventud.

Hace escasos días abría en Madrid un inmenso Primark, una de las marcas que, junto a Inditex, abandera la moda barata. ¿Cómo es posible mantener un edificio de cinco plantas, con todos sus trabajadores, vendiendo camisetas a 5 euros, y pantalones a 8? Es bastante fácil de explicar si comprendemos el mecanismo de la producción capitalista. Primark alega que su rentabilidad se debe a que gastan muy poco en publicidad, a que hacen pedidos a muy gran escala, y a que "trabajan en estrecha colaboración con las fábricas". Debe haber otros motivos, no nos terminamos de fiar de los dirigentes de la multinacional irlandesa.

En efecto los hay. Uno es bien conocido por los jóvenes de nuestro país que estén leyendo este artículo: pocos tendrán trabajo, y de los que sí, pocos superarán los mil euros mensuales, aquellos mil euros que las generaciones de los 90 todavía considerábamos como un sueldo bajo. Los trabajadores y trabajadoras de Primark cobran unos 700 euros al mes. ¿Se pueden quejar? No, porque son fácilmente despedidos y reemplazados por uno de otros tantos millones de jóvenes sin trabajo y desesperados, que aceptarán los 700 euros antes que morir de hambre. Ese es el chantaje al que nos someten las empresas, y en este caso Primark. Al bajo salario habría que sumar otro fenómeno que no resultará extraño a los lectores: la temporalidad. Más del 60% de los trabajadores de la empresa cuentan con contratos temporales. La juventud obrera ya sabemos qué implica eso: inseguridad, imposibilidad de planear nuestra vida, imposibilidad de luchar por mejores condiciones de trabajo...

Hay más motivos. Otro de los importantes, y en la misma línea que su maestro Inditex, es la deslocalización de sus fábricas. El asunto es sencillo de entender: en España hay unas condiciones laborales -las que nuestros padres y abuelas consiguieron luchando- que todavía no permiten una explotación extrema. En otros países en que la lucha obrera no ha conseguido victorias en las últimas décadas, la legislación laboral es muy distinta. En Bangladesh Primark puede pagar 60 euros al mes a sus trabajadores, que trabajan 10 o 12 horas diarias. El beneficio que se saca de la explotación brutal de estos trabajadores y trabajadoras, en esencia no distintos de nosotros y nosotras, les sale rentable aun teniendo que transportar la ropa desde India, China o Bangladesh.

Estos son los dos pilares que sustentan que puedan vender -y así ganar contra otras cadenas de moda- prendas de ropa tan baratas; dos pilares que pueden reducirse a uno: explotación de la clase trabajadora, sea en España o en Bangladesh. Pero no sólo es esta industria: el sistema de producción capitalista funciona así en todas las ramas: materias primas -por ejemplo madera- de países subdesarrollados, y explotación en la fábrica de muebles; alimentos cultivados en países en vías de desarrollo, y explotación en las fábricas de conservas...

Porque si cada trabajadora cobrara un salario equivalente al valor que produce realmente para la sociedad, sea la productora en India o la dependienta en Irlanda, ¿qué quedaría para ellos, para los dueños, los patronos, los amos de las empresas? Nada, porque su beneficio es la apropiación de nuestro trabajo, nuestra precariedad. Para ellos no quedaría nada; para nosotros, en cambio, una vida digna y una posibilidad de futuro.

Es legítimo para la familia obrera que no llega a fin de mes y que tiene que vestirse, comprar esta ropa, igual que lo es comprar las patatas más baratas, la leche más barata y el aceite más barato, aunque sea producido por una multinacional y no por una pequeña empresa de nuestro pueblo. Esto no significa que apoyemos las prácticas de Primark o de Hacendado; es una necesidad material -falta de ingresos en la familia- de la que el pueblo trabajador debemos darnos cuenta. No será hasta que nosotros controlemos la producción de ropa, que tendremos acceso a prendas de calidad, a precio reducido y sustentadas no ya en la explotación sino en la planificación de las necesidades del pueblo trabajador.

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