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Música negra y política

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Tinta Roja nº19 – Otoño 2012

Mario Durán

La música como cualquier expresión artística y como cualquier aspecto de la vida del hombre en la sociedad de clases está mediada por la lucha entre estas. Los gustos de la clase obrera y los sectores populares no suelen coincidir con los gustos de la clase burguesa, no obstante puede ocurrir y ocurre muchas veces que la burguesía encuentra en la cultura popular aspectos homologables a su gusto estético. Muchas veces se fascinan por las connotaciones amables de esas expresiones, proyectando en ellas la idea que ellos mismos tienen de pueblo, un pueblo que obviamente es ingenuo, bobalicón y no tiene vida intelectual más allá de sus mundanos quehaceres y que por ello se encuentra en un estado de virginal felicidad, libre por tanto de preocupaciones más elevadas; es decir, lugares comunes que la burguesía puede imaginarse fácilmente y en donde no se siente incómoda.

Gran parte de la música negra, como el jazz, o bien nuestro flamenco, ha servido a estos fines. Nadie puede olvidar la imagen de un complaciente Louis Armstrong cantando a la audiencia más selecta, el único negro del auditorio visto casi como una curiosidad antropológica, como una maravilla salida de una naturaleza salvaje e incorrupta que, por la propia inconciencia de sí misma, es incapaz de causar la más mínima preocupación a quienes han propiciado las condiciones de donde salió y que a su vez la admiran porque, fuera de su hábitat y en la asepsia de un lujoso auditorio hace que ese fuego que desprende –que no es más que el fuego de la lucha de clases– no queme.

Pero cuando esa cultura popular toma otra orientación, se sabe de sí misma, de dónde viene, sabe también que solo encontrará su utilidad y la armonía consigo misma al servicio de aquella clase de la que nace. La música negra no es una excepción, y si bien podemos encontrar entre estos hombres y mujeres de música a infinidad de artistas cortesanos, agradecidos al amo blanco, con la evolución de la conciencia del movimiento negro también podemos hablar de una evolución en la conciencia de estos músicos.

Paul Robeson

Es a principios de siglo cuando empiezan a aparecer artistas negros con posturas políticas comprometidas. Sin embargo, no es hasta los años treinta cuando más músicos negros comprometidos aparecen; antifascistas como Cab Calloway, Fats Waller, Count Basie, W. C. Handy o Eubie Blake, que llegaron incluso a dar conciertos de apoyo al bando republicano en nuestra guerra nacional-revolucionaria. No obstante, hay una figura que sobresale sobre todos ellos, y es la de Paul Robeson. Quizá el artista de música negra que más fama alcanzó en la primera mitad del siglo XX gracias a sus cantos, llamados “Espirituales Negros”, los cuales no son otra cosa que músicas populares de origen religioso. Robeson no era el típico cantante norteamericano, carente de formación, pues hablaba varios idiomas y disponía de una extensa cultura. Además, también era actor, atleta, escritor, orador y abogado laboralista. Admirador de la Revolución de Octubre, simpatizante del Partido Comunista e incansable luchador antiimperialista, llegó a dar conciertos en España destinados a elevar la moral de las tropas republicanas. Robeson lo tenía bien claro en este aspecto, las siguientes palabras quizás sintetizan mejor que nada su posición ante la explotación: "El artista debe tomar partido. Debe elegir luchar por la libertad o por la esclavitud. Yo he elegido. No tenía otra alternativa".

Años después, en los sesenta y setenta, hubo otro boom de música afroamericana comprometida. Esta vez fueron el soul y el funky los géneros de la rebelión. Grupos como The Watts Prophets, Last Poets o Gil Scott-Heron incendiaron las ondas con los ritmos más calientes que ha parido la música estadounidense. Golpe de bajo y golpes al capital eran los ingredientes básicos de un cóctel explosivo que quizás necesitó más mecha para poder estallar. Pero no es sólo en los grupos más conscientes en los que se ve reflejada la lucha de los negros/as por sus derechos civiles, incluso los cantantes reaccionarios como James Brown reflejan este sentir general en canciones como “Say it laud, I’m Black, I’m proud” (Dilo en alto, soy negro y estoy orgulloso). Lejos de analizar este hecho desde el punto de vista burgués, que otorga un papel preponderante al criterio individual de los artistas, hay que resaltar que fue la toma de conciencia de los negros lo que motivo que surgieran estos grupos combativos y que los que no lo eran se volviesen un poco más contestatarios. Es en ese contexto donde Gil Scott-Heron lanza en 1974 lo que puede considerarse el primer rap de la historia “The revolution will not be televised” (La revolución no será televisada); una de las mayores apelaciones a la acción revolucionaria que ha dado la música negra.

Resumiendo, podemos decir que fue una época en la que las movilizaciones por los derechos civiles y la guerra del Vietnam abrieron alguna que otra grieta en el corazón del imperio; una situación a la cual la música no podía ser ajena. No obstante, tanto en la música como en todo lo demás, la ausencia de un partido comunista –el PCUSA fue triturado por el Macarthysmo– hizo que todo ese potencial y energías se dispersasen formando una constelación de estrellas menores que nos evocan rebeldía y buenas intenciones, pero que se vuelven insignificantes en medio de la inmensidad de un cielo huérfano de un sol rojo.

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