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Jue24082017

Última actualización10:46:53 AM GMT


Siete días de enero. Una película contra la historia oficial de la Transición.

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En otros artículos que hemos publicado en Tinta Roja sobre acontecimientos de la Transición ya hemos comentado cómo muchas de las corrientes de la historia oficial intentan ocultar el gran peso que tuvo el movimiento obrero en el desarrollo de los acontecimientos. Frente a estas corrientes, que pretendían mostrar a la Transición española como un modelo a seguir por otros países, se situaron otras, ya desde los años ochenta, de corte sobre todo marxista, que denunciaban la visión de una transición traída por las elites y que era ejemplo a seguir por su modelo de consenso.


El largometraje de Juan Antonio Bardem Siete días de enero, una mezcla de documental y película, nos ofrece una de las primeras narraciones de los acontecimientos de la transición que recalcan los momentos de enorme tensión social que se vivieron, que fueron determinantes para el desarrollo de este periodo, y los costes que tuvo que pagar el movimiento obrero y el Partido Comunista en su lucha por la democracia. El film, estrenado ya en 1979, se centra en la que fue sin duda la semana más tensa y violenta de la Transición: la última semana de enero de 1977. Militante por aquel entonces del PCE, el director de la película quiso mostrar la gran tensión social del momento, y se apresuró a realizar en tan solo dos años este documento audiovisual en colaboración con periodistas de investigación y los abogados del caso de la matanza de Atocha, todos ellos también militantes del Partido Comunista.

Los acontecimientos que se narran son los anteriores y posteriores al atentado perpetrado y reivindicado por la Alianza Apostólica Anticomunista o Triple A en un despacho de abogados laboralistas de Comisiones Obreras, que se saldó con cuatro abogados y un administrativo muertos y otros tantos malheridos. La mayoría de los acontecimientos que se narran de los siete días son verídicos, si bien el director utiliza la ficción en algunos episodios para dar coherencia a la trama, achacando, por ejemplo, la decisión del atentado a Luis María Hernando de Cabral en una reunión con otros colaboradores que quisieron “luchar contra la izquierda”. El uso que hace de la ficción, sin embargo, es bastante cabal y da lugar a una historia totalmente factible, al mostrar efectivamente las posturas de ciertos sectores y familias defensores del régimen que, usando estrategias criminales y pactadas en la clandestinidad, intentaron dinamitar el proceso de transición y el papel que estaba desempeñando un Partido Comunista aún no legalizado.

Al inicio del film, de hecho, por precaución ante una situación que todavía era tensa en los momentos del estreno, se aclara en un texto que no hay intención de señalar a los personajes que preparan el asesinato como los culpables en la realidad y que esa es una cuestión que corresponde dirimir a los jueces. Sin embargo, queda claro que la película no es inocente, que intenta mostrar la crueldad de quienes al fin y al cabo animaron tales hechos, y que quiere ser parte de la actividad militante que en esos momentos apostaba por un modelo concreto de transición y por la legalización del PCE. Sirviendo a estas intenciones, la película se estrenó en marzo de 1979, poco después de la fuga de uno de los autores del asesinato, Lerdo de Tejada. No fue mucho el éxito de esta estrategia de recordar aquellos hechos para volver a animar las reivindicaciones populares pro amnistía y pro legalización del Partido Comunista, pues hubo mucho esfuerzo por parte de las autoridades para que la película en cartelera pasase desapercibida.

Desde Tinta Roja recomendamos el visionado de la película para recordar aquella historia, pero también por ser una obra de buena calidad cinematográfica, como sí se le ha reconocido posteriormente. En el relato de los hechos del 22 al 26 de enero se nos muestran las preocupaciones de unas elites preocupadas por el desenlace de una transición en la que los comunistas y el movimiento obrero estaban jugando un papel muy activo. Las conversaciones, ficticias, entre policías, militares, familias burguesas y otros defensores del régimen, aparecen para señalar la insistencia de estos sectores en sostener una dictadura ya herida de muerte. La tensión y el dramatismo presentes durante todo el largometraje se acentúan cuando se intercalan imágenes de archivo de algunos de los acontecimientos que se narran: la manifestación pro amnistía de presos políticos en la que murió un estudiante, el entierro del falangista Luis Pardo donde se ve a toda la corte fascista empeñada en sustentar un pasado de dictadura, y sobre todo, el emocionante funeral de los abogados y el administrativo asesinados. Las imágenes nos muestran al pueblo de Madrid llenando las calles para dar un adiós a sus mártires, arrojando rosas rojas y levantando el puño, y demostrando que lejos de haber cumplido el asesinato su objetivo disuasorio de la oposición, la implicación en la lucha por la democracia iba a ser todavía más firme.

Junto a estos acontecimientos se narran asesinatos y secuestros de los GRAPO, manifestaciones con cuya represión policial hubo que lamentar muertos, asambleas y huelgas de trabajadores. Se muestra también a los supervivientes del atentado dando las primeras declaraciones, y otros acontecimientos que se desarrollan hasta el día el juicio ficticio. En definitiva, la película nos muestra los días más tensos del periodo de transición, la cara más dura de la represión y el brutal enfrentamiento entre un pueblo que luchaba por la democracia y la amnistía y unas élites aterrorizadas por el posible papel dirigente que hubiera podido tener el movimiento obrero y comunista en el desenlace de los hechos. Hoy sabemos que no fue total la victoria de estos últimos y que las familias del régimen consiguieron mantener su poder en el nuevo sistema político democrático, que olvidó la mayoría de las demandas de justicia social portadas hasta cierto momento por el movimiento obrero y los comunistas. Sin embargo, ver Siete días de enero sirve para recordarnos que incluso esta democracia, que nos asegura ciertas libertades pese a seguir existiendo un sistema de explotación de una clase sobre otra, es una conquista que costó sangre y sudor al movimiento obrero y popular, no un regalo de las élites idealizadas y pactistas que nos han pintado desde la historia oficial.

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