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La vida de una hija de jornaleros extremeños llamada María

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Un nuevo relato corto recoge la historia de María, hija de jornaleros extremeños que se vio obligada a emigrar junto a su familia y otras tantas familias de toda España a Barcelona. Allí comenzó a trabajar en una fábrica y pronto se estableció. Pero la crisis del petróleo (años 70) se cruzó en su destino. Así marchó con su marido a Andorra, un pueblo de Teruel, que históricamente contó con unas minas que sostenían toda la economía de la comarca.

Tras la muerte de su marido se vio sola con dos hijos que mantener y un bar que le servía como medio para tirar adelante. Pero pronto no pudo mantener el pequeño negocio y se dedicó a cuidar niños, como el que para Tinta Roja escribe este trozo de historia, de la historia de los explotados.


María nació en un pueblo de Extremadura en 1948. Su vida ya estaba determinada desde el principio por la clase social en la que había nacido, el hecho de que sus padres fueran jornaleros condicionaría todo lo que a ella, y a tantos otros obreros les tocaría vivir hasta hoy.

Su padre se dedicaba a trabajar en los oficios que surgían a lo largo del año como la siega, la bellota, el ganado, el carbón vegetal... Todos aquellos trabajos que pudieran llevar comida a casa. Mientras que su madre trabajaba limpiando y sirviendo en la casa de una de las "familias de bien" del pueblo

María era la pequeña de cuatro hermanos, por lo que cuando empezó a ir a la escuela todos ellos ya habían empezado a trabajar. José era carretero, Juan Manuel pastor de cerdos y Rocío trabajaba en casa de otra familia. Se necesitaban cuatro salarios, por muy bajos que fueran, para poder sobrevivir.

Pronto le tocó el turno a María, a los siete años su madre se vio obligada a sacarla de la escuela para empezar a trabajar cuidando dos niñas de una familia pudiente del pueblo (¡a los siete años!). Ni siquiera cobraba un salario, una niña de esa edad trabajaba a cambio de comer todos los días. Cuantas veces me ha dicho lo mucho que le gustaría haber podido acabar la escuela, pero ni siquiera tuvo la oportunidad.

Aun con todo el esfuerzo y la explotación de todos los miembros de la familia les era difícil sobrevivir económicamente, por lo que decidieron emigrar a Barcelona, abandonando su tierra, su casa, su familia y amigos, para vender su fuerza de trabajo en las fábricas y así poder por lo menos vivir un poco mejor.

Trece años tenía María cuando llegaron a Cornellá, barrio obrero a las afueras de Barcelona, donde tantas otras familias de Extremadura, Aragón y Andalucía, todas ellas obreras, intentaban labrarse un futuro más esperanzador del que les prometía trabajar la tierra de otros.

Desde el principio empezó a trabajar en una fábrica. Primero fue en el sector textil, luego en la industria química, fabricando impermeables... La Cataluña de los años 60 necesitaba mano de obra, y no faltaba trabajo para quién quisiera aceptar las condiciones que la burguesía proponía. Años más tarde, cuando la jubilación estaba cerca María se enteró de que en muchas de esas fábricas les habían engañado y les habían hecho contratos falsos, ¡todos esos años no cotizados!

En Cornellá se echó novio, hizo amigos, se casó, tuvo dos hijos, se estableció. Eran años de movilizaciones. Todavía cuanta con entusiasmo como lucharon por una escuela pública a la que pudieran ir todos los hijos e hijas de la clase trabajadora del barrio.

Como todas las crisis cíclicas del capitalismo la llamada crisis del petróleo en los años 70 trajo desempleo. Harto del paro y del desempleo su marido decidió probar suerte en un pueblo minero de Teruel que se llama Andorra. Allí las minas de carbón todavía sustentaban toda la economía de la comarca y era relativamente fácil encontrar trabajo.

María lloró toda la noche del día de San Juan, cuando decidieron que volvían a emigrar, que se iba con su familia otra vez por necesidad, un doble desarraigo. Detrás dejaba su vida en Barcelona para empezar otra vez como al principio. Hacía las maletas de nuevo.

Durante unos años se dedicó a llevar un bar que "no les hacía ricos pero les daba para vivir". Su hija tenía doce años y su hijo diez cuando murió su marido. De la noche a la mañana se vio sola con dos hijos a los que tenía que mantener, y que por supuesto también han visto su vida condicionada por sus condiciones socioeconómicas.

Con una fuerza de voluntad y una valentía que sólo puede tener una persona que ha vivido lo que María ha vivido consiguió tirar para adelante, mantener a flote el bar durante unos años, comprarse una casa en el pueblo a la vez que criaba a sus hijos.

Cerró el bar y empezó a trabajar cuidando niños, cuidándome a mí. A través de relatos cortos de su propia experiencia y nuestras charlas a la hora de desayunar he podido ir reconstruyendo la historia de su vida. Algo que considero muy importante en mi formación como militante marxista, ella me explicó, sin quererlo lo que es la contradicción capital-trabajo, lo que es la explotación, lo que es la clase obrera.

María tiene una historia similar a cualquier otra trabajadora que se vio obligada a buscarse la vida en aquellos años, a vender su fuerza de trabajo aquí o allá, donde la clase dominante lo demandara. María es, para mí, una heroína de la clase obrera, de la que aprender y a la que escuchar, de la que la juventud puede extraer una lección importante de nuestra historia reciente en primera persona.

La situación no ha cambiado para la juventud de clase obrera. La emigración, el paro y la explotación no nos son términos ajenos. Sólo mediante la organización y la lucha consciente podremos transformar la sociedad para que historias como la de María, o la nuestra misma no se repitan.

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