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Última actualización09:36:03 AM GMT


Yuri Gagarin y los sueños que el capitalismo nunca hizo realidad

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Yuri Gagarin, hijo de familia campesina, fue el primer hombre que logró orbitar la Tierra fuera de la estratosfera, orbitándola durante más de una hora en una nave tripulada. Tras este acontecimiento histórico, Gagarin trabajó varios años en el diseño de naves espaciales, lo cual compaginó con otra de sus pasiones, la de ser piloto. Todo ello gracias a la promoción del Estado proletario. El 12 de abril se cumple el 53 aniversario de este acontecimiento histórico.

Un niño contempla abismado las estrellas desde la ventana de su habitación, mientras repite en voz baja coordenadas que remite por radio a Houston, y fantasea con el panel de mandos que tiene ante sí. De repente, un fundido a negro basta para que este niño se haya convertido en un hombre que examina desde el interior de su escafandra el inmenso y misterioso espacio exterior. Al fin ha logrado hacer realidad el sueño de su infancia, o al menos eso es lo que nos ha contado en tantas ocasiones el cine norteamericano, tantas que hemos acabado por interiorizar este mensaje proyectado, ¿pero es el capitalismo ese sistema en donde los sueños de un niño pueden convertirse en realidad? La historia nos demuestra que, nada más lejos. Ni los de un niño, ni los de ningún ser humano que haya sido criado en el seno de la clase equivocada.

A principios de los años 40, en una granja colectiva de la provincia de Óblast de Smolensk, en la URSS, otro niño de origen campesino se oculta junto a su familia durante más de un año y medio, de la ocupación de la Alemania nazi. El ejército ha tomado la casa y hecho prisioneros a sus dos hermanos mayores, no hay tiempo de mirar por la ventana ni de fantasear. Se trata de la vida real, y el niño poco sospechaba que años más tarde había de convertirse en un auténtico héroe nacional.

Yuri Alekseéyevich Gagarin trabajó durante un tiempo como aprendiz en la industria metalúrgica después de que la Unión Soviética derrotase al nazi-fascismo durante la Gran Guerra Patria, y aunque Yuri jamás soñó con ser un cosmonauta, sí que tenía una fantasía desde niño, más propia de alguien que ha visto caer aviones derribados extremadamente cerca de su hogar, que de quien duerme arropado por una manta con dibujos de astronautas al oeste de Virginia. Su sueño era ser piloto y en eso se convirtió en 1954, con apenas 20 años abandonó la metalurgia y fue seleccionado para un programa formativo en un instituto técnico de la ciudad de Sarátov. Allí ingresó en un aeroclub donde aprendió a pilotar aviones ligeros, lo cual no tardó en apasionarle inmensamente. Tres años después ingresó en la Academia de las Fuerzas Aéreas de Oremburgo, donde acabaría alcanzando el grado de teniente.

Mientras tanto, la URSS continuaba desarrollando un ambicioso programa espacial que había sido iniciado a principios del siglo XX y alcanzado desde entonces diversos y muy notables logros tanto de carácter científico como tecnológico. En el año 1960 y como parte fundamental de este programa, un proyecto de selección de candidatos para elegir al primer ser humano que viajaría en un vuelo espacial tripulado, iba a cambiar por completo la vida del joven Gagarin.

La mañana del 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se despertó para tomar el que iba a ser el vuelo más importante de su vida, y uno de los más importantes de la historia de la humanidad. Había sido seleccionado de entre otros 19 candidatos, en función de las condiciones y habilidades que había demostrado tener durante las pruebas y los entrenamientos previos, para ir a los mandos de la nave Vostok 3KA-3, que orbitaría la Tierra durante 108 minutos fuera de la atmósfera terrestre.

Tras su aterrizaje, el piloto soviético e hijo de cuna campesina, sin apenas darse cuenta había pasado una página de la historia, dejando la Tierra siendo una persona anónima y regresando a ella convertido en un hito histórico, un rutilante símbolo no solamente del avance y el dominio técnico alcanzado por su patria, sino también del esfuerzo y de la capacidad, por parte de cualquier trabajador o trabajadora del país, de realizar sus más codiciados anhelos y sus inquietudes más ambiciosas, fueran éstas del carácter que fueran. Pasó a representar a cada niño y a cada niña, a cada mujer y a cada hombre que al mirar hacia arriba, soñaba con alcanzar las cotas más altas del éxito, sin que esto supusiera un alienante afán de pertenecer a una clase explotadora, lo cual era impensable en un país socialista.

Y es que la propaganda capitalista siempre ha erigido a su sistema económico como el único capaz de hacer realidad los sueños de cualquiera, más lo cierto es que jamás se garantizó algo semejante bajo sus garras. Reduciendo la inversión en ciencia únicamente al beneficio propio y conservando así la eterna división entre el trabajo manual y el intelectual, imposibilitando así la completa emancipación del ser humano de la alienación del trabajo manual.

Por ello, cada vez que pensamos en Yuri Gagarin y en los logros de la Unión Soviética, las y los comunistas no podemos evitar acordarnos de todos aquellos que hoy han de salir fuera de nuestras fronteras para tratar de encontrar un empleo acorde a sus inquietudes. La conocida como "fuga de cerebros" que el socialismo jamás consintió, y gracias a lo cual lograron un día alcanzar las estrellas.


Kevin Álvarez es miembro del Comité de Redacción de Tinta Roja.

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