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Mar16102018

Última actualización09:00:37 AM GMT


Polémica en el libro "La trampa de la diversidad"

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En una sociedad donde cualquier persona tiene acceso inmediato a la información y casi todo el mundo está conectado a una u otra red social, opinar o reflexionar sobre cualquier tema y expresarlo públicamente va a generar de forma automática debate y una consiguiente polémica. Nadie se salva de ser lapidado por quienes no se alinean con una determinada postura y en el caso de Daniel Bernabe (escritor y periodista en "La marea") a raíz de su nuevo libro; "La trampa de la diversidad: Como el neoliberalismo consiguió fragmentar la identidad de la clase obrera" no se ha librado de las críticas y de ser uno de los centros del debate político en internet. Y no es para menos, su libro es una reflexión crítica contra los dogmas, clichés y formas de acción de la izquierda occidental en la sociedad posmoderna, por lo que no es extraño que muchos se hayan sentido aludidos. Lamentándolo mucho no podemos hacer un análisis profundo de las ideas del autor, sería una tarea de análisis bastante ardua en un espacio tan limitado, pero si queremos centrar mínimamente donde se sitúa el debate y las opiniones de Bernabé y sus detractores.

Cuesta hoy imaginarse un mundo donde las ideas de lo que comúnmente llamamos "La izquierda" ( dentro de la hetereogeneidad que implica el concepto) fueran las ideas dominantes de su tiempo, o al menos nos cuesta a los nacidos durante o después de la década de los 80. Y no, no hablamos únicamente de los países al este del telón de acero, sino en general en buena parte del mundo. Nos cuesta tanto imaginarlo no por casualidad, sino porque la ideología capitalista y su dominio de todos los elementos de la vida social, están tan asentados que ya en la mayoría de las conciencias de nuestros coetáneos no existe siquiera la perspectiva de un modelo de sociedad diferente. Recordemos que hasta hace muy poco tiempo, hasta los partidos socialistas más infames (socialdemócratas o con la etiqueta con la que se les quiera denominar) tenían en su programa como objetivo final la construcción del socialismo. Sí, muy probablemente no por convicción, pero sin duda como una forma de atraer a sectores muy importantes de la clase obrera que podrían caer en la influencia de los partidos comunistas.

Pero esta hegemonía cultural, no se reflejaba solo en el pensamiento o en un determinado programa político de un partido, si no que tenía una expresión práctica y material, en forma de políticas redistributivas que podían "callar" a través del bienestar y la comodidad el rumor incesante de la sociedad nueva que se abría paso en el este. Pero el sistema era el que era y quienes lo dominan pueden dar concesiones, sobre todo si su cabeza pende de un hilo, pero sería un insulto a la inteligencia pensar que fueran a aceptar el nuevo "statu quo" por filantropía y buenas intenciones, renunciando a implantar de nuevo su modelo social a las claras y sin maquillaje. Y efectivamente, tras pasar muchos años a la sombra, jugando al juego de la política bajo reglas que les hacían necesario ocultar su verdadero discurso, lanzaron su ofensiva a principios de los 80, de la mano de Reagan, Thatcher y la escuela de Chicago. Un contraataque efectivo, cuyo eco aun resuena y que sin duda ha condicionado la situación de la política actual y de la sociedad en su conjunto, dominada sin oposición por la mentalidad neoliberal.

Las condiciones de esta victoria estaban dadas; por un lado una sociedad cuya mayoría de individuos ya no luchaban por el pan y por otro una cultura que exaltaba la individualidad. Un caldo de cultivo perfecto para la mercantilización de la política, para la desideologización de las masas y para su desclasamiento. Y de ese contexto se creó una nueva forma de hacer política; una política para una sociedad donde te identifica más lo que comes, el deporte que practicas o el sexo de con quien te acuestas que tu papel y posición dentro del entramado de la economía capitalista. Dirigida a atraer a las clases medias (a la real y a la aspiracional) y no al trabajador que seguía teniendo conciencia de serlo. Y como esto funcionó para la derecha, la izquierda, cada vez con menos identidad, asumió que eso también funcionaria para ellos. Y en cierta forma lo hizo, consiguieron volver a ganar elecciones, eso sí, al coste de perder su identidad histórica y aceptando jugar al juego como mejor les convenía a sus rivales. Esto afectó no solo a partidos que aspiraban al poder, sino a la mayoría de partidos situables a la izquierda del espectro político y a las organizaciones que estaban en su entorno. Ganar elecciones, más representantes en los parlamentos o mayor número de militantes no requería de un programa unificado de transformación completa de la sociedad, ya que se sustituyó con una política fragmentada respecto a qué identidad se quería seducir en cada momento determinado, centrando el análisis en los estilos de vida de los sujetos y no en sus intereses objetivos como clase.

Esta reflexión histórica es el punto de partida desde el cual se desarrolla la teoría de Bernabé, necesaria por otra parte para entender la polémica surgida. "La trampa de la diversidad" es la introducción de la ideología neoliberal en la concepción que desde la izquierda actual se tiene de hacer política. Mientras que antes la centralidad del debate estaba situado en las políticas redistributivas, es decir, en cómo organizamos la sociedad para una distribución más justa e igualitaria de la riqueza, el foco está situado en este momento en las políticas de representación, en cómo se organiza la sociedad para que todas las identidades existentes se vean representadas, reconocidas y respetadas . Y cierto es que una cosa no quita a la otra, pero la preponderancia de la segunda sobre la primera, o siquiera una situación ideal de un peso del 50%/50% entre ambas tiene efectos dañinos. Para que entendamos esto de forma clara, un partido comunista, por ejemplo, no puede poner al mismo nivel su táctica para la consecución de una sociedad sin esclavitud asalariada que su política en contra de la discriminación de determinados colectivos por razón de sexo, raza o capacidad. Más que nada porque la primera lleva implícito la segunda y por la facilidad de que las segundas sean fagocitadas por la ideología dominante y se vean desactivadas e inoperantes para motivar cambios sociales. Pero no por nada, sino porque son reivindicaciones extensivas a todas las personas que las sufren independientemente de la posición social que ocupan, por lo tanto mucho más permeables a la ideología dominante.

Y es aquí donde se genera la polémica.

Bernabé a pesar de ser sensible respecto a no restar importancia a la lucha de ningún colectivo ha sido atacado desde múltiples ámbitos del activismo por supuestamente dar una visión reaccionaria de la política que debería enarbolar la izquierda. Para el activismo identitario todo lo que sea señalar las cosas que nos unen por encima de las que nos separan es una agresión para los colectivos discriminados, una supuesta invisibilización de sus reivindicaciones y luchas. Por tanto ser obrero, ser un trabajador asalariado, se convierte simplemente en una característica más del individuo, tan importante (o menos) que el resto de características que definen el modo en el que vive. Sin embargo esta retórica es fácilmente rebatible, ya que por mucho que una persona pueda tener una multiplicidad de características, lo cierto es que lo que condiciona de forma absoluta su relación con todos los elementos de la sociedad es su condición de clase. Es decir, sería absurdo afirmar que una persona lesbiana con un trabajo precario vive de la misma manera que una lesbiana que tenga un saldo de 6 cifras en su cuenta corriente. Y no solo refiriéndonos al modo en el que afrontan la reproducción de sus vidas, sino también a cómo viven las discriminaciones de las que pueden ser objeto por su orientación sexual.

Daniel Bernabé al final simplemente señala unos hechos incómodos para buena parte de la izquierda activista moderna: Primero que la política que llevan a cabo es sumamente inefectiva y está amoldado al modelo que ha implantado el capitalismo y más concretamente la ideología neoliberal. Segundo, que la culpa no viene de un enemigo externo, sino de la falta de análisis y de convicciones dentro de la propia izquierda. Tercero, que el mercado político de la diversidad ha sustituido las posiciones clasistas. Reemplazando el objetivo prioritario de transformar en su totalidad el mundo por una lucha de representación del crisol de identidades que componen la sociedad. Una guerra que solo se libra en el terreno de lo cultural.

Y es normal que la gente se indigne, o incluso se vea atacada por las conclusiones plasmadas en el libro, ya que lo que se crítica es la forma con la que muchos se han iniciado en su relación con la política. Pero precisamente por ello es más necesario que nunca que proliferen este tipo de análisis, de personas que consigan romper con argumentos los clichés y dogmas que vienen imponiéndose en las últimas décadas. Y sin embargo, con todo ello, puede que "La trampa de la diversidad" no sea un estudio concienzudo y totalmente riguroso del surgimiento de los fenómenos que hemos señalado previamente, sin embargo, esto no lo hace menos valiente, y más importante que esto, menos necesario.

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