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Cuando intentaron matar a Miguel Hernández por segunda vez

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A lo largo de las últimas semanas, en Tinta Roja hemos ido publicando una serie de artículos titulados No eres Miguel Hernández y alguien debería decírtelo: del poeta social al poeta de sociedad, en las que analizábamos la nueva poesía y planteábamos la necesidad de recuperar una poesía verdaderamente social. ¿Pero por qué los comunistas reivindicamos de una forma tan constante la figura de Miguel Hernández?

Como comentábamos en aquellos artículos, Miguel tuvo la clarividencia de saber por qué y para qué escribía y la solidaridad (solidaridad de clase, para ser más específicos) de que el centro de su poesía no fuera él mismo. Porque incluso cuando hablaba de sí, estaba hablando de los campesinos y obreros de todo el país.

Lo cierto es que, aparte de la inmensa grandeza de su poesía; de su tremenda capacidad para emocionar, para captar los sentimientos de buena parte del pueblo; el caso de Miguel Hernández es también destacable por sus circunstancias personales de vida. A este respecto, para lograr poemas que recogieran de un modo tan brillante el sentir popular, fue fundamental el origen de clase del poeta, hijo de campesinos que apenas pudieron darle unos pocos años de formación académica. En esta misma revista publicamos hace ya más de cuatro años y medio una breve nota biográfica sobre el poeta de Orihuela, que hoy queremos volver a proponer a nuestros lectores[1].

Lo que los preciosos versos de Miguel intentan recordarnos día a día es que los intereses de los trabajadores son, sustancialmente, los mismos. Es decir, que tenemos unos intereses como clase social que se oponen a los grandes propietarios y a toda su parafernalia política para camuflarlos, y que nuestra vida y, por lo tanto, nuestros sentimientos, están condicionados por esta realidad. Porque sólo así se entiende, sólo así tiene sentido, que un sentir tan particular como el de Hernández fuese, y siga siendo, tan tremendamente similar al del resto de los oprimidos por el capital.

La figura de Miguel Hernández es, además, una demostración de cómo el capitalismo tiende a apropiarse de todos aquellos elementos que tengan un carácter revolucionario, para reintegrarlo en el sistema, para convertirlos en una “oposición amigable”. Lo hemos visto con la imagen del Che y el intento de hacerlo pasar por, prácticamente, un logo para camisetas y pines; lo hemos visto con la brutal tergiversación de los autores marxistas como Antonio Gramsci y, por supuesto, lo hemos visto con Hernández, con el poeta del pueblo.  

Es tremendamente ejemplar el caso de la entrevista que publicó el diario El País en el año 1976 a Josefina Manresa, la esposa de Miguel[2]. En ella, preguntan a Josefina si Miguel pertenecía al Partido Comunista y ella respondió que él nunca le dijo que estuviera afiliado y que nunca tuvo carnet, antes de completar diciendo que “lo que sí está claro es que no era de derechas. Respetaba todas las ideas. Una vez le pregunté qué diría si a nuestro hijo le diera por ser cura y me respondió: «Si es su vocación, no me opondría.» Él estaba a favor de la justicia y la libertad. No aprobaba que se matara indiscriminadamente ni algunas de las acciones que hacían los milicianos, como quemar iglesias, etc.”.

Ante esta respuesta compleja, El País elige titular a la entrevista “Miguel nunca tuvo carnet de partido”. Así haciendo gala de sus intereses de clase (que son, precisamente, contrarios a los que mostró Miguel), el periódico intenta hacer saltar por los aires el carácter revolucionario de su poesía, su carácter comunista, centrándose en el detalle de que “no tenía carnet”.

Aparte de demostrar un absoluto desconocimiento de lo que significa ser comunista y de cómo funciona una organización comunista, como era el PCE de los años 30, El País prefirió ignorar poesías como Rusia, en la que Miguel afirma tajante “Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente, y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos, como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente”. También decide hacer oídos sordos a la parte de la entrevista en la que Josefina habla de su participación decidida en la guerra, como corresponde a la vanguardia comunista, o a versos como “nadie se deje morir mansa y silenciosamente, para que la humilde frente no le vengan a escupir. ¿Por qué no lleváis dispuesta contra cada villanía una hoz de rebeldía y un martillo de protesta?"[3]

¡Resulta que no! Para los aparatos de propaganda de los grandes capitales de este país, Miguel Hernández no es comunista por no tener un carnet en el bolsillo.

La grandeza de la figura de Miguel Hernández no reside simplemente en su habilidad con las letras. Reside en su fuerte conciencia de clase, en la conciencia de pertenecer al bando de los trabajadores y estar contra los opresores, contra la burguesía; en su decisión a la hora de llevar a la práctica y defender hasta las últimas consecuencias principios esenciales del marxismo. Porque, sencillamente, Miguel Hernández era comunista y su obra pertenece a los trabajadores de todo el mundo; independientemente de que no tuviera un trozo de plástico en el bolsillo con una hoz y un martillo.



[1] El artículo titulado Miguel Hernández, ejemplo consecuente de camarada y poeta se puede leer en el siguiente enlace: http://tintaroja.es/cultura/126-miguel-hernandez-ejemplo-consecuente-de-camaraday-poeta

[3] Versos presentes en El labrador de más aire.

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