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Historia del PC(b)

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Puede que nos separen 100 años de historia, miles de kilómetros de terreno y unas más que salvables barreras lingüísticas, al menos en la actualidad, pero estoy seguro que para cualquier comunista de cualquier lugar del mundo, la historia de la revolución de octubre y de quienes permitieron lograr este hito histórico le es algo tan propio y tan cercano como la historia de su propio país.

Y es que aunque no sea popular hoy en día, sabemos que aún hay mucho que aprender de los bolcheviques, pues lo que lograron no fue fruto de “un golpe de estado chapucero” como diría el periódico “El País”, fue consecuencia de años de intensa preparación, aprendizaje y lucha continua en uno de los escenarios más intensos de la lucha de clases de inicios del siglo XX. Es por ello que bajo esta intención de divulgar las enseñanzas de Lenin y los bolcheviques en el centenario de su triunfo, iniciamos esta serie de artículos que buscan presentar de forma sucinta y sencilla las claves que les permitieron llevar al proletariado, por primera vez en la historia, al poder político y a la construcción de un estado socialista.

Nuestra historia: La lucha contra el oportunismo

Primeramente a la hora de abordar este tema debemos situar, aunque sea de forma breve a lo  que nos referimos con el oportunismo, pero como esto no es un ensayo en cual nos podamos extender indefinidamente no podremos ahondar en sus orígenes históricos, filosóficos ni en la magnitud que estas tendencias ideológicas tuvieron y tienen en la actualidad. Nos limitaremos por tanto a dar una definición útil y orientativa sobre estas corrientes para poder entender el relato que posteriormente vamos a situar.

El oportunismo es una corriente ideológica surgida dentro del movimiento socialista que manifestaba por un lado una tendencia a asumir posiciones políticas cercanas a la democracia liberal, o bien, una tendencia a la acción irreflexiva y el desorden anarquista. Por lo tanto podemos diferenciar una corriente que vira a la “derecha” y otra a la “izquierda” según el esquema político clásico. Ambas corrientes son desviaciones de los principios revolucionarios marxistas.

Ciertamente esta definición es poco más que decir nada, y aunque nos vayamos haciendo idea de a que nos referimos es necesario profundizar un poco más. Hablemos primero del oportunismo de derechas y sus manifestaciones concretas en la Rusia del periodo que nos atañe. Antes de la creación de un partido marxista unificado en toda Rusia, los socialdemócratas rusos (así se hacían llamar los  revolucionarios marxistas de entonces) se dividían en diferentes grupos de trabajo y formación (los círculos) con la intención de difundir dentro de sus posibilidades las ideas revolucionarias entre el proletariado. Estos pequeños grupos que actuaban a finales del siglo XIX eran sumamente débiles y se veían constantemente acosados por la policía zarista por lo que no tenían prácticamente estabilidad y su crecimiento se veía comprometido constantemente por el acoso y las detenciones de la policía zarista. La solución para estas problemáticas y muchas otras era la de crear un partido unificado para todos los socialdemócratas. Pero a pesar de ser una gran idea alcanzar este objetivo no estaba carente de problemas, y es que los círculos marxistas rusos estaban lejos de ser homogéneos en el plano ideológico y político. Se presentaban dos problemas fundamentales de profundas raíces ideológicas; el problema del tipo de organización y militante, y por otro lado, el problema del papel que deben jugar los comunistas dentro del movimiento obrero. En base a estas dos polémicas, principalmente, el movimiento socialista en Rusia se acaba dividiendo irremediablemente en dos corrientes dentro de un partido formalmente unido (POSDR); una corriente minoritaria oportunista (menchevique) y otra mayoritaria marxista (bolchevique).

¿Eran tan profundas las divergencias entre bolcheviques y mencheviques sobre las dos cuestiones que hemos planteado? No es que fueran profundas, es que eran antagónicas e irreconciliables. Los mencheviques opinaban que toda persona que simpatizara con el partido podía ser parte del mismo, a diferencia de los bolcheviques que opinaban que un miembro del partido debía cumplir con una serie de obligaciones para poder considerarse miembro; como lo eran estar organizado en alguna de sus organizaciones y contribuir económicamente. Aquí vemos como el oportunismo plantea una forma de organización amorfa, donde cualquiera puede formar parte del partido, en contra posición al concepto bolchevique que define muy bien los límites del partido. Estas dos concepciones son determinantes también a la hora de abordar el siguiente problema, el del papel de los comunistas en la toma de conciencia del proletariado de su situación e intereses.

En esta polémica los mencheviques sitúan que los “socialdemócratas” no deben más que situarse junto a la clase obrera, ayudándola en todo lo posible en sus huelgas y manifestaciones, pero no ejerciendo un papel de líderes de su movimiento, ni difundir entre ellos el marxismo. Opinaban que la propia práctica de los trabajadores luchando era un elemento suficiente para que tomaran conciencia. Los bolcheviques sin embargo entendían que el proletariado no podía en su conjunto generar esa conciencia por sí mismo, sino que debían ser los militantes del partido los que difundieran el marxismo de forma activa entre los trabajadores. Esta conclusión está más que demostrada por la práctica, ya que no es un secreto para nadie, que es totalmente imposible para cualquier trabajador hoy día (ya ni hablemos de la Rusia zarista), tras 8 horas de alienante trabajo, tener la capacidad propia de desarrollar y entender una forma de pensamiento basado en principios científicos como lo es el socialismo marxista. Debe existir por lo tanto un transmisor, y esos son los miembros más conscientes de entre la  clase obrera, los militantes comunistas.

Una vez explicada la polémica original entre mencheviques y bolcheviques (luego habría muchas más) toca abordar la lucha entre el oportunismo de izquierdas, representado por los llamados “populistas” y por los marxistas rusos. Como ya hemos situado previamente hay una serie de características que dividen las posiciones de ambos grupos, haciendo sus formas de organización y práctica política contrarias e irreconciliables. En este caso el conflicto se sitúa en torno a la utilización de métodos terroristas y sobre el sujeto social que debe liderar el proceso revolucionario.

Para la primera cuestión los populistas eran dados a enaltecer las acciones de heroísmo individual, como lo podía ser atentar contra la vida de un ministro zarista. El problema que esto suponía Lenin lo supo leer a la perfección situando que este tipo de acciones no tenían la recepción entre las masas trabajadoras que esperaban los “populistas”, ya que eran ineficaces en su objetivo de agitar a los oprimidos en contra de sus explotadores y no suponía ningún avance claro. Asimismo para el estado era fácil sustituir un funcionario por otro, por muy importante que este fuera, así que tampoco debilitaba de forma sustancial el sistema de dominación zarista. Para los bolcheviques, por el contrario, la fortaleza de los revolucionarios residían no en su capacidad de sacrificio individual sino en que estos actuaran de forma organizada en un partido y analizando el sentir y la psicología de las masas obreras en una situación política determinada, modelando los objetivos y la acción según el desarrollo del movimiento de masas o del contexto sociopolítico.

Por otro lado los populistas situaban al campesinado como la potencial fuerza que debía liderar la revolución, sin embargo, solamente tenían en cuenta que estos eran la clase social mayoritaria en Rusia y no por la posición social que ocupan respecto a la producción y al trabajo. No entendían, como si lo hacían los marxistas, que la condición del proletariado de no tener propiedad alguna de los medios de producción no le ataba a ninguna forma de organización social que no fuera la socialista, como si le pasaba al campesinado donde habían una mayoría de pequeños productores.

Después de este pequeño recorrido sobre las principales corrientes a las que se opusieron los bolcheviques, queda reflexionar sobre un pequeña cuestión; tras todo este balance y conociendo los resultados de estas dos corrientes de pensamiento; la oportunista y la marxista, pero no solamente en los primeros compases del siglo XX y a finales del XIX, sino en la propia actualidad a través de las asociaciones con organizaciones y movimientos existentes, queda preguntarse ¿Quién tenía razón? Y aunque la respuesta no sea fácil de responder, o mejor dicho, de defender, al menos en el contexto actual, lo cierto es que los oportunistas jamás demostraron estar en lo cierto y los bolcheviques contrastaron en la práctica que sus métodos políticos y organizativos eran los únicos verdaderamente funcionales a los objetivos revolucionarios, a la necesaria acumulación de fuerzas del proletariado para tomar el poder. Y es que a la luz de la historia están los hechos y si por alguna razón estuvieran en la penumbra, estaremos nosotros para devolverlos a la claridad.

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