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Conciencia limpia en manos sucias: Nocturno de Chile

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“Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios”[1] Con reflexiones como estas podríamos sospechar que Sebastián Urrutia Lacroix, el personaje principal y narrador de la novela del célebre Roberto Bolaño, no es en realidad un personaje, sino que representa a una parte de la sociedad chilena, cómplice con Augusto Pinochet, que nunca se cuestionó la naturaleza de sus actos o decisiones, sino que simplemente miró por su propio beneficio y que, a falta de culpa, solamente los fantasmas les sobrevuelan en su ocaso. Sin embargo, el retrato es perfecto, se trata de un personaje bien trazado: sacerdote del Opus Dei, formado, conocedor de la literatura, cercano a los círculos de poder, obediente y ejecutor de órdenes, ya sea un viaje por Europa conociendo métodos de restauración de iglesias, ya sea enseñando marxismo al propio Pinochet.

 

 “En Nocturno de Chile, lo que me interesaba era la falta de culpa de un sacerdote católico. La frescura admirable de alguien que por formación intelectual tenía que sentir el peso de la culpa. (…) Vivir sin culpa es abolir la memoria, perpetuar la cobardía. Si yo, que fui una víctima de Pinochet, me siento culpable de sus crímenes, ¿cómo alguien que fue su cómplice, por acción o por omisión, puede no sentirse culpable?”[2] Efectivamente, la originalidad de Nocturno de Chile, frente a otras novelas de temática similar es que el tema central no es la memoria, sino la culpa. Si lo que cabría de esperar de un discurso construido a partir de los recuerdos febriles de un viejo sacerdote sobre varios episodios de su vida (no necesariamente los más relevantes, pero sí los que el capricho de la memoria selectiva eligió) es una oda a la necesidad del recuerdo, y de la dignificación de las víctimas, Bolaño nos habla y nos hace reflexionar sobre algo más profundo. Se genera así un clima de angustia, acompañado por el recurso literario de frases largas, y ausencia de párrafos y puntos y apartes, ya que él único párrafo acaba en el punto y final, con una simbólica conclusión: “Y después se desata la tormenta de mierda.”[3]

Llama la atención como una nóvela tan breve (apenas 150 páginas en su edición impresa, quedándose en las 60 en los pdf que circulan por internet), si bien resulta algo farragosa en su lectura, dice tanto sobre las responsabilidades con la barbarie, con los asesinatos, con, en este caso, la dictadura de Augusto Pinochet, del caciquismo de los círculos de poder, y del miedo. En este sentido es especialmente interesante como la parte más poderosa de este mensaje lanzado por Bolaño es por omisión. La omisión, la ausencia de culpa, la falta de conciencia de haber sido partícipe de este proceso. Es revelador, por ejemplo, que mientras llegaba la noticia del golpe de Estado y del bombardeo a la Moneda, el sacerdote recuerda cómo se encerró a leer clásicos griegos:

“En Chile las cosas no iban bien. Para mí las cosas iban bien, pero para la patria no iban bien. No soy un nacionalista exacerbado, sin embargo siento un amor auténtico por mi país. Chile, Chile. ¿Cómo has podido cambiar tanto? (…) Después vinieron las elecciones y ganó Allende. (…)  Cuando volví a mi casa me puse a leer a los griegos. Que sea lo que Dios quiera, me dije. Yo voy a releer a los griegos. Empecé con Homero, como manda la tradición, y (…) Chile restableció relaciones diplomáticas con Cuba (…) y el gobierno nacionalizó el cobre y luego el salitre y el hierro y Pablo Neruda recibió el Premio Nobel y Díaz Casanueva el Premio Nacional de Literatura y Fidel Castro visitó el país y muchos creyeron que se iba a quedar a vivir acá (…) y en Chile hubo escasez e inflación y mercado negro y largas colas para conseguir comida y la Reforma Agraria expropió el fundo de Farewell y muchos otros fundos y se creó la Secretaría Nacional de la Mujer y (…) hubo huelgas (…) y hubo disturbios, malas palabras, los chilenos blasfemaron, pintaron las paredes, y luego casi medio millón de personas desfiló en una gran marcha de apoyo a Allende, y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo, y pensé: qué paz.”[4]

Bolaño nos aporta así un peculiar personaje con el que es imposible empatizar, aunque (o precisamente a causa de que) sea el abanderado de un discurso conciliador.  Autodenominado como un conocedor de la literatura, situándola siempre como un ente ajeno a la sociedad que la crea, Sebastián Urrutia Lacroix elabora y confía en un discurso que lo aleja de todo lo que pasó. No se moja, o eso dice, lo cual bien sabemos que es una forma de mojarse. Por ejemplo, su justificación se centra en “Escribí poemas. Descubrí poetas. Los alabé. Exorcicé naufragios. Fui probablemente el miembro del Opus Dei más liberal de la república. Ahora el joven envejecido me observa desde una esquina amarilla y me grita (…) Me gustaría decirle que hasta los poetas del partido comunista chileno se morían por que escribiera alguna cosa amable de sus versos”[5]

Sin embargo, la novela que empieza con los recuerdos del sacerdote menos comprometidos, como su relación con la crítica literaria, nos lleva al climax con los episodios finales. Por un lado, las 10 clases sobre marxismo que le piden, como experto y persona cultivada en todo que Sebastián Urrutia parece ser, que prepare a Pinochet y a los principales miembros de la Junta.  Unas clases de marxismo, “no muchas, lo suficiente para que se hagan una idea, a unos caballeros a los que los chilenos les debemos mucho”, sobre las principales obras de Marx, Lenin, Engels, pero también Mao o Fidel Castro. Por otro, ya en las últimas páginas, resulta especialmente escabrosa la lectura sobre el recuerdo de María Canales, casada con el estadounidense, Jimmy Thomson, cuya casa, finalizada la dictadura, se descubre que era uno de los centros de interrogatorio de la DINA, poniendo sobre el tapete los entresijos de la operación Cóndor. Es en este pasaje el único lugar donde se vislumbra algo de crítica implícita al pasado pinochetista, pero del que el sacerdote, como no, se exculpa:

“Yo me hice la siguiente pregunta: ¿por qué nadie, en su momento, dijo nada? La respuesta era sencilla: porque tuvo miedo, porque tuvieron miedo. Yo no tuve miedo. Yo hubiera podido decir algo, pero yo nada vi, nada supe hasta que fue demasiado tarde. ¿Para qué remover lo que el tiempo piadosamente oculta?”[6]

Hasta que se desate la tormenta de mierda.



[1]  Roberto Bolaño: Nocturno de Chile, 1999, p.1

[2]  Roberto Bolaño; Entrevista de D. Aussenac, para Le Matricule des Anges, Montpellier, septiembre de 2002

[3] Ibid. P.63

[4] Roberto Bolaño: Nocturno de Chile, 1999, p.39

[5] Ibid. P.26

[6] Ibid. P.59

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