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Mar10122019

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Vuelve Allende al alba, Salvador de tu pueblo

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Quizá no es tarea difícil imaginarse un Santiago sin los colores del poeta, en sus versos modernistas pintaba en cada ingente detalle una imagen de la ciudad que vería nacer en 1908 al compañero Presidente.

El aciago invierno hacía su entrada en la ciudad del centenario, eran pocos los noventa y ocho años que tuvieron que pasar para que naciera aquel hombre que dejaría el legado del hombre nuevo en la América Latina, sumisa a los engaños de ídolos de barro. No fue Bolívar el que diese el primer conato de liberación, eran hombres como Salvador , Ernesto o Fidel los que profundizarían de manera firme y científica en la inconclusa labor de  Gaitán, Sandino o Zapata: los que sin pasta de apóstol ni de mesías se convertirían  en la esperanza de un pueblo con dignidad. Y era el Socialismo la materialización de esa dignidad, la pasta de esa promesa.

Y nació él, y creció él.

En su senda conoció el Chile de las desigualdades: el Chile democrático para unos pocos, el Chile de las grandes letras gestadas y las letras ingestas para muchos, el Chile de los privilegios y las sanguijuelas, el Chile de las familias proletarias que consideraban un vaso de leche , el Chile de los cesantes, el Chile de las gargantas de cobre, el de las pieles curtidas bajo el sol y el látigo del patrón sobre el latifundio; el Chile del vino caliente, las empanadas y las cuecas.

Quién era pues Salvador Allende sino un hombre hijo de sus circunstancias.

Qué es pues el Socialismo sino la causa justa a sazón del hambre de justicia de dichas circunstancias.

Aquel hombre de pelo plateado mirada profunda y triste, y temple erosivo al burgués, supo ser paciente. Supo desarrollar en él la máxima cualidad de los marxistas frente a la lucha de ideas: aprender a perder si de esto puedes salir fortalecido. Y así pasaron varios años y varios cientos de kilómetros en tren, recorriendo su alargada patria con su voz y su bandera, si es que acaso no era su bandera su voz.

  “A la lealtad de ustedes, responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo; con la lealtad del compañero presidente. “

Y era su tono sobrio y sosegado el que podaba la conjuga perniciosa de la retórica y la demagogia de sus adversarios. El populismo cojeaba frente al hábil orador, este [el populismo]debió persuadir en la polarización de la sociedad acompañado de apelativos con nuevo carácter despectivo. Palabras como “marxistas”, “comunistas”y “masones” eran sinónimo de bajeza que pretendían suponer para ciertas capas sociales que apoyasen un cambio de base en la sociedad chilena de la época la ignominia, errados pues en su labor, el siguiente paso sería dotar esas palabras del “quieren acabar con la democracia”; en contraposición todos eran compañeros en las capas populares, sobre las vastas zonas industriales se respiraba fraternidad de clase, esta cubría como el rocío en la mañana a los obreros antes huérfanos que no vivían precisamente a remansos de la lucha de clases ni de la Historia.

“Caminamos hacia el socialismo no por amor académico a un cuerpo doctrinario. Nos impulsa la energía de nuestro pueblo que sabe el imperativo ineludible de vencer el atraso y siente al régimen socialista como el único que se ofrece a las naciones modernas para reconstruirse racionalmente en libertad, autonomía y dignidad. Vamos al socialismo por el rechazo voluntario, a través del voto popular, del sistema capitalista y dependiente cuyo saldo es una sociedad crudamente desigualitaria, estratificada en clases antagónicas, deformada por la injusticia social y degradada por el deterioro de las bases mismas de la solidaridad humana.”

 Y la sedición empezó a cuajar.

No era el cobre, no, antes nacionalizado por y para el pueblo, la cuestión que amenazaba los intereses de los oligarcas del país, era la conciencia pronunciada en senda la que atentaba de manera flagrante contra el Capitalismo foráneo. Si la orden venía del Norte ¿era desde Washington o desde Chicago donde empezaron los primero pasos hacia el Golpe?, es decir, ¿era Nixon o Friedman?, cuando se trata del Imperialismo no se puede evitar hablar de endogamia si es que aún ingenuos caen en el engaño del sistema político en paralelo al sistema económico. ¿Qué es pues América Latina sino el patio trasero de los experimentos socio-económicos de los yanquis?. El Neoliberalismo empezó a cocerse en Chile en la década de los 70.

El sistema burgués es sagaz y capcioso y Allende destacó como hombre diligente pese a tener todo en su contra. El paro de transportistas financiado por la C.I.A. llegó, mientras las mujeres de dichos bastardos montaban el paripé en las ciudades principales pidiendo comida y apoyo a su causa, irónicamente con este acto los transportistas desabastecían al resto del país. Y Allende y su pueblo salían adelante, mas no era un acto de seguidismo aborregado. Para ese entonces los comités de obreros en las industrias prosperaban de la misma manera que en los campos, en los barrios y en las universidades del país, la defensa del proceso hacia el Socialismo era un acto consciente y militante desde las bases, estaba bastante arraigada la idea de la organización camino a una Revolución de todos y para todos, evitando así el blanquismo, elemento fundamental de la Socialdemocracia burguesa en su propuesta falaz. Según un estudio de campo organizado por círculos de poder fáctico de EE.UU. conocido como Proyecto Camelot en la década de los 60, era quizá el pueblo chileno el que seguiría los pasos del pueblo cubano en la búsqueda de su dignidad, era pues tarea del Imperio norteamericano evitar un nuevo foco de esperanza en el subcontinente cuando este basaba su riqueza en el expolio y en catequizar gobiernos que no pongan barreras a su comercio cuasi-libertario.

Y llegaron los deleznables sucesos del 11 de Septiembre, unos meses antes ya se dio muestra de lo que vendría, pero en “el Tanquetazo” el General Prats, principal valedor de Allende con el Ejército chileno, supo disolverlo, manteniendo la que sería la máxima del ejército chileno hasta el 10 de Septiembre, la famosa tradición de lealtad basada en ”La Doctrina Schneider”; empero, para ese entonces, ya estaba todo planeado por varios generales y altos mandos de las Fuerzas Armadas.

Quizá no es justo traer a menester que sucedió en profundidad aquella mañana.

Allende fue consecuente en lo que ya venía afirmando con anterioridad. El pueblo de Chile fue el que lo llevó a La Moneda el 4 de Septiembre de 1970, el pueblo de Chile fue el que le dio su apoyo incondicional en las urnas el 4 de marzo de 1973 pese a los intentos de desestabilizar al gobierno de la Unidad Popular y a la inflación y al descontento civil que no dejaba de publicar en sus páginas el diario conservador de mayor tirada de aquel entonces “El Mercurio”. Allende se debía a su pueblo y su pueblo se debía a él, estos dos actores de la Historia chilena eran indisolubles y Allende era consciente de ello por lo que bajo ningún punto de vista puede llegar a considerarse lo acaecido en La Moneda como un acto individualista o de amor al sillón presidencial.

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

¿Qué paso? ¿Quién fue? Hasta qué punto la búsqueda de la verdad quiere socavar lo acontecido. El arma escupió plomo abriendo un boquete aún supurante en la heroica historia del pueblo chileno en su vía al Socialismo, y quien dejo caer el martillo en la pólvora no es otro más que la cruel burguesía en su afán de mantener un sistema basado en las lágrimas del pueblo explotado.

La ignorancia quizá es el peor enemigo de cualquier persona que siga un ideal con firmeza, y no dejamos de escuchar a marxistas-leninistas que con razón señalan la experiencia chilena como una afirmación de sus posturas, que no dejan de ser objetivas pero caen infantilmente en el subjetivismo de los argumentos ad verecundiam. Es irresponsable para cualquier persona que se preste marxista el instrumentalizar el caso de Salvador Allende sin comprender de manera dialéctica cuál era la situación de Chile de aquel entonces y bajo que contexto aconteció, puesto que no era sólo Chile, era América Latina bajo el yugo de las doctrinas anti-marxistas tras el triunfo de la revolución cubana, tras la salvaje implantación del Neoliberalismo económico mientras en paralelo se desarrolló, tras Chile, la operación Cóndor y su nido, la Escuela de las Américas, asesinando impunemente gente comprometida con el cambio social. Sólo en Chile la represión posterior trajo el asesinato de 35000 personas y otras 200000 se vieron obligadas a buscar el exilio, sin contar los detenidos y ultrajados en 16 años que duró el Régimen Militar.

“La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitian una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.”

Gabriel García Márquez.

El legado más grande que nos dejó Salvador Allende, sin duda alguna, es el tener ese efecto galvanizante en nuestros corazones cada vez que dejamos caer nuestros sentimientos en el Chile de los 70 en particular y en la historia de América Latina en general.


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