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El "cosmopolitismo" y la pérdida de la cultura popular

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Posiblemente a nadie se le escape que las culturas de los distintos pueblos del planeta se están diluyendo a pasos agigantados en aras de una "cultura cosmopolita" que implanta de una forma a veces artificial unos rasgos comunes allá donde llega. En el presente artículo haremos un detallado análisis del gran causante de este fenómeno, el imperialismo, así como de sus consecuencias en las culturas de las naciones y pueblos.

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La forma en la que la vida de la juventud se conduce, en la que su ideología se encuentra forjada y en la que, en definitiva, desarrollan sus relaciones sociales y su forma de vida, viene marcada inexcusablemente por el sistema económico en el que vivimos. Pero, ¿qué significa esto y por qué se caracteriza este sistema? El capitalismo, sabemos, no se ha mantenido inmutable desde su surgimiento hasta ahora. De este modo, la libre competencia inicial entre pequeñas propiedades (empresas) se vio desplazada poco a poco por el monopolio en pocas manos (unos cuantos bancos que manejan la mayoría de las propiedades). Junto a esto, el colonialismo, que hacía que las grandes potencias se extendieran sin límites hacia los territorios en los que no hubiera otra potencia, se fue transformando en un imperialismo en el que cada potencia buscaba una posesión monopolista de todo el planeta.

Esta base material, es decir, este sistema económico que aquí describimos, como he dicho, tiene un reflejo en la forma de ser y de comportarse de los que en este planeta habitamos: nuestras ideas sobre lo correcto e incorrecto, nuestros gustos musicales, la ropa que llevamos o la composición y distribución de los espacios en los que pasamos nuestro día a día. Así, las potencias que aspiran a ese monopolio del territorio usan no sólo sus armas de fuego para conseguirlo, si no también la estandardización de su modelo de sociedad, su forma de pensar y el tipo de vida que en ella se lleva.

En definitiva, podemos llamar a esto el "cosmopolitismo" extendido a lo largo y ancho del planeta y provocado por ese imperialismo monopolista que pretende llevar a todos los territorios del planeta su influencia, en aras de apropiarse la mayor parte de los mismos. Es decir, no vivimos, a diferencia de antaño, aislados dentro de las fronteras de nuestro país, si no que podemos conocer al instante qué ocurre en otros lugares, cómo son sus formas de vida y, de este modo, sentirnos atraídos o rechazados por ellas, según mande la ideología dominante.

Pero, ¿es todo bueno o malo en este fenómeno? Si queremos analizar cualquier cosas desde un punto de vista objetivo, intentando hacer "ciencia" de la sociedad en la que nos movemos, no podemos caer en la dicotomía de lo bueno y lo malo, como si la realidad compleja que nos rodea, sometida a un continuo cambio, no nos impusiera la necesidad de ver los pros y contras en cada cuestión hay. De este modo, la homogeneización de las formas de vida, así como el constante conocimiento de lo que pasa en cualquier parte del mundo, estrecha vínculos internacionales entre los pueblos, de tal forma que el desarrollo de la solidaridad se hace mucho más fácil y de una forma muy rápida. Como ejemplos de esto podemos poder la reacción del mundo ante conflictos como el de Siria o Ucrania, o ante catástrofes naturales.

No obstante, todo esto provoca una mayor facilidad de los estados monopolistas, los estados dominantes, para ejercer sobre cada vez más territorio; es decir, les permite jugar a ese juego de apropiación del territorio con una ventaja de la que otros estados carecen. Además, otra consecuencia negativa es esa pérdida de los valores culturales de los distintos pueblos, de las distintas regiones, valores que tienen un profundo arraigo popular al surgir de las condiciones de vida desarrolladas durante siglos de cada uno de los pueblos. Frente a esto, la cultura cosmopolita, que estandariza distintas formas de vida, de pensamiento, elimina estos rasgos populares que, además de suponer una pérdida muy grande de la riqueza cultural de cada región, supone una abstracción ficticia de la vida de esos pueblos, de sus culturas.

En definitiva, ese cosmopolitismo supone la pérdida de costumbres populares y, con ello, la pérdida de la identidad de cada nación y pueblo. Pasando a ejemplos mucho más concretos, en muchos aspectos de nuestras vidas podemos ver esta homogeneización, copiando muchas veces el modelo americano de comida, ropa o incluso formas de ocio, deporte, entre países no sólo occidentales, si no de otras partes del mundo, como es el caso de Corea de Sur, de Japón, de muchos lugares de América Latina o de África.

En primer lugar, un aspecto donde se ve muy claramente esto es en la alimentación. En España, hace apenas 30 años las comidas más consumidas por niños y jóvenes eran las comidas tradicionales de cada región; pero de un tiempo a esta parte, el imperante ha pasado a ser el modelo de la comida rápida oriundo de EEUU. Así, apenas algunos jóvenes andaluces conocen qué es el trigo (comida típica hecha con hinojos, patatas y granos enteros de trigo) u otros muchos platos que cualquier persona de cierta edad reconocería. Por otro lado, comidas como el gazpacho, la paella o la tortilla de patatas se han popularizado y se han extendido fuera de España de la misma forma en que han podido hacerlo aquí otras.

Otro ejemplo muy claro es la forma de vestir. Cada día más pocas tiendas de ropa se extienden por todo el mundo vendiendo las mismas prendas en Sevilla, Budapest, Chicago o Sydney. Los estilos de vestir, muchas veces unidos a estilos de música y otros estilos dentro de distintas artes, a gustos por unas u otras cosas (por el teatro, por el graffiti, etc.), a formas de ser, se nos presentan como muy variados, como dándonos una falsa libertad de elegir cómo somos, cómo pensamos, cómo nos rebelamos, pero paradójicamente también repitiéndose dichos estilos casi mecánicamente en todos los lugares del planeta.

En definitiva, estos y otros muchos casos son ejemplos de las consecuencias de este cosmopolitismo que, además de ser perjudicial las distintas culturas, se produce siempre en nombre del progreso. Cabría, para terminar este artículo, preguntarse quién es quien se beneficia de ese "progreso". Efectivamente, si recopilamos lo dicho, son precisamente esas potencias monopolistas que, con esta arma, junto con otras, consiguen una extensión cada vez mayor.

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