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Dom25092022

Última actualización09:36:03 AM GMT


"La isla mínima" y la continuidad entre el franquismo y la democracia

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Para este fin de semana, Tinta Roja te recomienda la película "La Isla Mínima". Ambientada en 1980, cuenta la historia de Juan y Pedro, dos policías ideológicamente opuestos que trabajan en el departamento de homicidios de Madrid y que, como sanción, son destinados a un pequeño pueblo en las marismas del Guadalquivir. Allí tratarán de resolver el caso de dos adolescentes desaparecidas durante las fiestas del pueblo.

Los agentes deberán dejar de lado sus diferencias para resolver un misterio en el que nada es lo que parece. Una investigación que a los aldeanos no les parece interesar, pues el pueblo vive anclado en el pasado y las mujeres están menospreciadas.

Así Tinta Roja retoma las recomendaciones cinematográficas, que se publicarán los últimos viernes de cada mes. El resto de viernes se mantiene la sección musical.

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La última edición del Festival de San Sebastián obsequió al público con La isla mínima [*], un thriller policiaco dirigido por Alberto Rodríguez que lleva el género negro al medio rural para hablarnos de la misteriosa desaparición de dos chicas en un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir.

La película está ambientada cuando el régimen del 78 comenzaba a dar sus primeros pasos, con el riesgo de un tropiezo en forma de golpe de Estado todavía latente y cuando los chistes sobre militares aún tenían más peligro que gracia. En ese limbo de incertidumbre que impedía asegurar a ciencia cierta si el país caería del lado de la democracia o del de la dictadura, encontramos a una pareja de policías con la misión de resolver el caso de la desaparición de las dos jóvenes. Ambos agentes, interpretados por Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, representan respectivamente los tiempos pasados y los que están por venir; la vieja estructura estatal que aún apesta a franquismo y la que quiere adaptarse a los nuevos tiempos para emular al resto de países europeos; el primero con maneras muy franquistas y el segundo con aires juveniles más renovadores, pero ambos complementándose mutuamente y unidos en la convicción de que, en cualquier caso y pase lo que pase, están haciendo lo que se espera de ellos.

En La isla mínima el espectador es trasladado a un cenagal cuya sensación de asfixia y putrefacción se ve reflejada en la idiosincrasia del pueblo: una aldea envuelta en conflictividad social que mira con desconfianza al futuro y en la que parece que el tiempo se ha parado; un entorno sucio sin nada que ofrecer a una juventud que no ve el momento de escapar de él y cuyo motor económico apenas se reduce al tráfico de drogas, la corrupción y el caciquismo; todo ello en un contexto sociopolítico en el que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. En definitiva, una atmósfera maloliente que, no tan sorprendentemente, sirve de espejo para retratar los tiempos que a día de hoy, casi cuarenta años después, estamos volviendo a presenciar.

Alberto Rodríguez desarrolla la trama ofreciendo una cinta más que correcta, que deja poso y hace mella en el espectador, planteando preguntas y generando incomodidad en aquellos que aún piensan que la Transición fue una forma ejemplar de arreglar cuentas con el pasado y que no existe continuidad alguna entre nuestra democracia y el franquismo. La isla mínima, la obra más redonda de su director hasta la fecha, deja bien claro que esa continuidad existe, y el hecho de que haya aparecido ahora, que parece que volvemos a vivir tiempos de cambio, la hace aún más interesante y necesaria de ver.

(Pulsa en la imagen para reproducir el trailer)

Notas:

[*] La isla mínima es un thriller policiaco ambientado en un pueblo andaluz donde dos chicas jóvenes han desaparecido, donde parece que el tiempo se ha parado y donde las oportunidades de futuro para la juventud son inexistentes. El motor económico apenas se reduce al tráfico de drogas, la corrupción y el caciquismo; y el contexto sociopolítico, al igual que ocurre hoy en día, se caracteriza porque lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

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