The Flash, no es oro todo lo que reluce

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The flash

Hace ya unos cuantos años que Barry Allen, el hombre más rápido del mundo, tiene su serie particular, The Flash. Nacida como un spin-off de Arrow, la serie ha cosechado suficiente éxito para haber sobrevivido ya a cuatro temporadas en las que el héroe se ha enfrentado a numerosos desafíos. ¿Pero qué tiene esta serie para haber conectado con la audiencia?

La respuesta es fácil: mucho morro. La serie, es innegable, es entretenida y cuenta con actores de relevancia. Parece casi una mezcla entre el cómic tradicional y una serie de investigación policiaca, lo que unido al carisma de varios de sus personajes principales y el tirón de la figura misma de Flash les ha permitido cosechar premios y nominaciones. A partir de aquí, comentaremos la relevancia política de estas cuatro primeras temporadas así que ya avisamos, ¡algún spoiler se nos escapará!

***** ¡ALERTA DE SPOILER! *****

Resulta interesante observar cómo, aparte de sus luchas entre héroes y villanos de todo pelo y a su eterna oposición entre buenos y malos que a duras penas consiguen desdibujar, The Flash ha intentado integrar otras temáticas en sus capítulos como el feminismo y la democracia.

De esta forma, el "componente feminista" en The Flash ha crecido en las dos últimas temporadas, precisamente en los momentos de auge del feminismo en el cine.1 En principio debería ser motivo de alegra. El problema, como no podía de ser otra forma, es que se trata de algo que parece encajar mal en el diseño original de la serie, añadido seguramente porque el falso feminismo de las élites ha calado ya hasta los huesos para intentar desarticular las luchas de la clase obrera en general y de las mujeres trabajadoras en particular.

Y así, resulta, que por ejemplo Iris West se va volviendo paulatinamente un personaje más relevante y va participando en acciones más arriesgadas sin dotarla de un contenido real, convirtiéndolo en un personaje hasta cierto punto incoherente que igual pelea activamente contra los nazis que, poco después, necesita medio convencer, medio pedir permiso a su pareja para ejercer de nuevo como periodista. No disfruta, por lo tanto, de un protagonismo real sino que esta nueva posición de protagonismo está siempre subordinada a "ser la novia del héroe" y no una mujer trabajadora real, con sus fortalezas y sus debilidades.

Otro punto a tener en cuenta es el mundo del trabajo. Porque hay que tener claro que EEUU, como España, no es un país de los trabajadores: por eso, en sus producciones se nos enseñan las maravillas del modo de producción capitalista, en el que los currantes deben amar su empleo a pesar de sus pésimas condiciones porque es "una pasión". Y por ello, Iris West está encantada de ser periodista "freelance" publicando en un blog que, curiosamente, tiene millones de visitas («¡cómo no van a triunfar si se esfuerzan!» dirán los defensores del Sueño Americano). De la misma forma, cuando Barry es suspendido en su empleo el drama no es el problema económico que esta situación puede generar sino que ya no podrá "ser útil, que es para lo que trabaja".

Esos enfermizos mensajes motivacionales están por todas partes: se nos presenta un mundo estupendo en el que todo aquel con la suficiente ilusión puede trepar por la jerarquía social hasta convertirse en aquello que desea. Algo que nuestra vida cotidiana nos demuestra que es una gran mentira.

Y no hablemos ya de los "sutiles" mensajes de defensa de la democracia en las que, tras afrontar una invasión de los nazis de otra tierra, el equipo Flash y sus aliados repiten una y otra vez "odio a los nazis", aprovechando para presentar a la sociedad capitalista como la archienemiga de una hipotética sociedad nazi. Es todo un ejercicio de revisionismo histórico; en primer lugar, porque el nazifascismo y el capitalismo no solo son compatibles, sino que el segundo recurre al primero para reprimir a la clase trabajadora y, en segundo lugar, porque la victoria histórica contra los nazis fue de los trabajadores, encabezados principalmente por la URSS, y no de los capitalistas.

Aprovechando la coyuntura del crossover nazi incluyen una pareja homosexual, algo que podría parecer valiente y decidido pero que, como se realiza de forma aislada en un capítulo especial, queda como lo que es: un simple lavado de cara sin continuidad en la trama.

Y es que resulta todas las luchas se plantean de forma individual: desde la lucha por la igualdad LGTB, a la lucha por la liberación de la Mujer o por la "democracia". Aparecen como cuestiones abstractas, desligadas por completo de las clases sociales, realizadas por individuos aislados que aparecen en la serie simplemente porque quieren convertir las diferentes luchas en nichos de mercado.

No hay valentía en insertar una pareja gay de forma aislada en un capítulo especial sin continuidad en la trama. No hay valentía en incorporar "a ratos" pequeños indicios de una mujer que intenta desatarse de los roles de género (siempre, además, de forma individual). Y, sencillamente, es un insulto separar capitalismo y nazifascismo como si fueran enemigos irreconciliables.

Este tipo de producciones, por mucho que quieran no nos engañan, por más que presenten la sociedad capitalista como un tipo de sociedad maravillosa en la que los derechos se pueden conseguir por fe y por ímpetu individual. The Flash es otra oportunidad perdida (y, no nos engañemos, en el capitalismo casi siempre será así) para dar un espacio real a las luchas LGTB, a las luchas por la liberación de la Mujer Trabajadora y a la lucha por la democracia obrera, que es la única democracia a la que aspiran los trabajadores: porque no se conquistarán derecho de ningún tipo hasta que los trabajadores, de forma colectiva, unan sus luchas en la vía revolucionaria contra el Capitalismo y por el Socialismo. Las series de televisión son una demostración más de que cualquier movimiento puede ser aceptado e integrado por el gran capital que no se oponga a él en el lugar determinante: el mundo trabajo. Porque la única garantía de que avanzarán los derechos civiles es que los trabajadores conquisten con sus propias manos los derechos sociales.

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